Manual de Sexología

Acoso a los gordos

Adicciones sin sustancia

Adictos al Trabajo

Ansiolíticos y Psicología

Antojos de Comida y Emociones

Ciberinfidelidad

Un navegante abrumado

Cuando querer no es poder

Cuidar a un enfermo grave

Del freno al Desenfreno

Decibelios y Revoluciones

Efectos colaterales del éxito

El amor verdadero

El hambre nerviosa

El miedo al avión

El mundo en el que vivimos

El pánico

El pecho femenino

El Perfeccionista Imperfecto

El sabor agridulce de la venganza

Desinhibición en linea

El sopor

Enfermos de prisa

Inestabilidad

Esclavos del impulso

La atención al presente

Hostilidad Ambiental

La Enfermedad de la Duda

La hipocondría

La intuición

Infortunios de una madrastra

La pareja es cosa de tres

La luz en nuestra Vida

Las emociones

La Comunicación de Masas

Malentendidos en pareja

La obsesión anti-edad

Las familiastras

Nervios a flor de piel

Pasado y olvido

Pecados Capitales

Las feministas del pintalabios

Personalidad y manera de comer

Los hombres no lloran

Solteros Involuntarios

Timideces Extemporáneas

Trastornos del comer

Me gusta cuando callas…

La autoterapia

Mentiras y tecnología

Metrosexualidad

Resistir la adversidad

Atentos a la vida

Narcisismo Mediático

Peter Pan

Al dictado de la moda

Pensar lo impensable

Quemados

Urbanitas Anónimos

Hipocondría por Internet

La trampa de la eficiencia

L'emoció al poder

L'addicte respectable

Ver lo que queremos ver

El patrón de conducta de Tipo A

La explicación del pánico

La exposición del pánico

Conferencia sobre fobias

Conferencia sobre crisis de pánico

Viajeros solitarios

Bulimia nerviosa

Trastorno por atracones

Del freno al Desenfreno

La noche es testigo de su desasosiego. La repetición de las jugadas del día pasado y la prospectiva del día siguiente compiten en su cabeza, despertando todo un repertorio de emociones variadas. La inquietud se aquieta cuando las sigilosas pisadas noctívagas dan con la nevera. Ahí empieza “la grande bouffe”, el ágape pantagruélico. El mismo se repugna al verse comer. Eso no es comer, es engullir. No podría imaginarse comiendo de esa manera frente a otra persona.
Todo empezó con la idea de quitarse algunas redondeces. Había que cuidar la imagen, como dicen, uno no puede relajarse porque en todos los ámbitos de la vida se requiere una cierta presencia.
Empezó con prohibirse todo lo dulce, siguió con la pasta y el pan y dejó de comer frituras. Su fuerza de voluntad era encomiable, su autodisciplina era objeto de congratulación general en la mesa cuando después de comer un diminuto bistec acompañado de una ensaladita frugal, declinaba repetir con cara de asco porque ya no podía más. Todos le decían que se le había “encogido” el estómago.

El día en que pasó para el otro lado.
Las sospechas de que algo no iba bien empezaron el día en que se dio un pequeño permiso para comer algo de lo que se había privado.
Había decidido darse un pequeño premio, ya que había adelgazado cinco kilos en 15 días. Se compró un buen queso manchego de los de bodega, añejo, y empezó poco a poco. No había pasado ni media hora y el queso manchego ya era historia. No tuvo ni un amago de sensación de saciedad, era un barril sin fondo. Lo que sintió después de ese episodio iba de la rabia a la culpa, pasando por la depresión severa.

De cómo lo prohibido pasa a ser lo codiciado.
Los psicólogos investigadores Hermann y Polivy estudiaron el fenómeno. Según sus conclusiones, la mejor manera de comer es la de los animales. Si comiéramos como ellos, solo lo haríamos al tener hambre y dejaríamos la comida al estar saciados.
Obedeceríamos nuestra biología. Si se come menos de lo que se necesita durante un tiempo prolongado, se avanza hacia una creciente obsesión por lo prohibido derivando hacia mayores probabilidades de que se pueda desarrollar un ansia anormal de comer. Esto puede desatar una capacidad interminable de comer sin parar. Y, lo más interesante, los alimentos suelen ser aquellos que están proscritos en la dieta.

Del blanco al negro y del negro al blanco.
Esta es la clásica manera de boicotear la dieta. Ya comí lo que no debía, ahora que más da. Uno de los hechos que suelen precipitar el libertinaje alimentario es precisamente probar algo que no estaba permitido. Es entonces cuando el afectado pasa para el otro lado, sin límites, llegando a no reconocerse a sí mismo por la manera febril y desbordada de comer. El remordimiento es tan intenso, que al día siguiente se propone volver al carril de la privación, reactivando el ciclo freno/ desenfreno.
Esto, a su vez se refleja en una gráfica de peso semejante a la de la bolsa de valores.

Aprender a saciarse con poco.
Comer con cubiertos de postre, morder en diez pedazos el bombón, triturar en mil pedazos la comida antes de tragar, soltar los cubiertos para masticar, interrumpir la comida unas cuantas veces, ralentizar al máximo el tiempo en que se come, comer de todo en pequeñas cantidades, no eliminar demasiadas cosas de la dieta. Estas son algunas pequeñas astucias que recomendamos para aprender a sentirse satisfecho con poco. Reeducar la sensación de saciedad.







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