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Un escribidor que se auto percibe como émulo de Cervantes se explaya exuberantemente ante sus virtuales admiradores con un estilo rayano a lo churrigueresco, si este fuera aplicable a algún tipo de estilo literario. El tono es afilado, saleroso y sagaz aunque el contenido es baladí. La forma literaria es un fin en sí mismo y se puede palpar la delectación narcisista del escribiente al desplegar sus bien seleccionadas expresiones. El corresponsal es erudito y culto, probablemente inédito, pero la virtualidad le concede la oportunidad única de eludir un anonimato a dónde podría haber sido desterrado hasta el final de sus días. Sin ni siquiera haberlo fantaseado hace una década, sus letras ahora pueden por fin ser justamente valoradas por un público también anónimo e insospechadamente extenso, repartido a lo ancho y largo del mundo de habla castellana sin tener que verse sometidas al visto bueno de ningún corrector ni editor y sin tener que supeditarse a un control de calidad ni a las exigencias de mercado. Su plataforma es un chat de temática literaria. Licencia para lo procaz y lo soez. Pero no todo es artístico y enriquecedor en la sociedad paralela del ciberespacio. Un paseo candoroso y sin prejuicios por el submundo de los chats puede llegar a ofender y herir la susceptibilidad de más de un visitante. Las palabras y frases que se leen en las tertulias virtuales son un glosario de escatología. Pocas veces en la “vida real” se tendrá ocasión de presenciar conversaciones de tal catadura. El anonimato online permite expresar lo peor de cada uno, sin censuras ni consecuencias. Es la licencia para matar. El “efecto desinhibición” del ciberespacio. El anonimato. Cuando las personas tienen la oportunidad de desvincular su conducta en el chat del “mundo real” y de su identidad, se sienten más dispuestos a abrirse y más protegidos. Digan lo que digan, no van a tener que responsabilizarse por ello ni se relacionará con el resto de su vida. Se produce una “disociación” . La recreación de los sueños. Para el sociólogo Francesc Núñez, los foros y los chats poseen un poder de atracción incontestable: la posibilidad de soñar. La carencia e imprecisión de señales y contextos socioculturales conduce a que el participante los cree y complete en su imaginación. La comunidad virtual ofrece, al igual que los sueños, la oportunidad de experimentar con los propios sentimientos sin tener que sufrir las consecuencias que esto produciría en el mundo real: la fantasía, la espera imaginativa, la simulación de personalidades, la expectativa abierta ante lo que puede pasar, la posibilidad de presentarse y aparecer como uno quiere o querría ser y la proyección de las propias necesidades. Una fábrica de sueños, como dice Núñez. Con la ventaja de ser interactivos. |
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