Manual de Sexología

Acoso a los gordos

Adicciones sin sustancia

Adictos al Trabajo

Ansiolíticos y Psicología

Antojos de Comida y Emociones

Ciberinfidelidad

Un navegante abrumado

Cuando querer no es poder

Cuidar a un enfermo grave

Del freno al Desenfreno

Decibelios y Revoluciones

Efectos colaterales del éxito

El amor verdadero

El hambre nerviosa

El miedo al avión

El mundo en el que vivimos

El pánico

El pecho femenino

El Perfeccionista Imperfecto

El sabor agridulce de la venganza

Desinhibición en linea

El sopor

Enfermos de prisa

Inestabilidad

Esclavos del impulso

La atención al presente

Hostilidad Ambiental

La Enfermedad de la Duda

La hipocondría

La intuición

Infortunios de una madrastra

La pareja es cosa de tres

La luz en nuestra Vida

Las emociones

La Comunicación de Masas

Malentendidos en pareja

La obsesión anti-edad

Las familiastras

Nervios a flor de piel

Pasado y olvido

Pecados Capitales

Las feministas del pintalabios

Personalidad y manera de comer

Los hombres no lloran

Solteros Involuntarios

Timideces Extemporáneas

Trastornos del comer

Me gusta cuando callas…

La autoterapia

Mentiras y tecnología

Metrosexualidad

Resistir la adversidad

Atentos a la vida

Narcisismo Mediático

Peter Pan

Al dictado de la moda

Pensar lo impensable

Quemados

Urbanitas Anónimos

Hipocondría por Internet

La trampa de la eficiencia

L'emoció al poder

L'addicte respectable

Ver lo que queremos ver

El patrón de conducta de Tipo A

La explicación del pánico

La exposición del pánico

Conferencia sobre fobias

Conferencia sobre crisis de pánico

Viajeros solitarios

Bulimia nerviosa

Trastorno por atracones

Enfermos de prisa
Un coche juvenil de pequeño porte, pero de alta potencia, se propone adelantar al vehículo que le está entorpeciendo el carril izquierdo de la autopista impidiéndole mantener una velocidad de crucero de 170 Km. /hora. El flemático conductor del coche/obstáculo, que, dicho sea de paso, podría batir todos los récords de velocidad si quisiera, decide desafiar al enano aspirante a “coche bala”. Con repentinos y aleatorios toquecitos al freno, sabiamente combinados con una oportuna y cegadora aspersión del líquido limpiaparabrisas, logra aguijonear al febril piloto. Este último zigzaguea amagando avanzar por derecha e izquierda. Realiza destellos exasperados, con la intención de llamar la atención por todos los métodos visuales y auditivos a su alcance, para terminar recogiendo la más sosegada de las indiferencias. Después de un tiempo prudencial, el conductor delantero le concede por fin el paso. Cinco minutos más tarde, ambos se igualan en el peaje viéndose finalmente las caras: el conductor atormentado está colorado e hipertenso mientras el sereno automovilista exhibe una sonrisa plácida y socarrona.

La prisa interna.
La prisa interna o subjetiva no responde a un apremio explicable y proporcionado a las necesidades. Se trata de una premura de autómata, sin causa ni propósito. Si quiere comprobar si usted es un enfermo de prisa interna, observe si es de aquellos que se atraganta con sus propias palabras, si camina a ritmo atlético, si no es capaz de esperar en una cola, si cuando está en el ascensor aprieta el botón”cerrar puertas” en lugar de esperar a que estas se cierren a su propio ritmo, si cuando llama el ascensor pulsa el botón insistentemente, aún sabiendo que el ascensor tiene memoria y que con esta conducta no logra aumentar las probabilidades de que el ascensor vaya más deprisa…
La enfermedad de la prisa consiste en una continua pugna por lograr realizar más y más actividades, en el menor tiempo posible. Cuando el apresurado tropieza con alguien delante suyo que se mueve más lentamente, lo percibe como un escollo pudiendo llegar a frustrarse e incluso a encolerizarse. Mantener una conversación se le hace intolerable y por eso no duda en mostrar signos de impaciencia como terminar las frases del contertulio, hacer percusión con los dedos en la mesa, anticipar los finales de las historias, mirar ostentosamente el reloj con intención manifiesta de abreviar la escucha y finalmente hacer ademán de levantarse de la silla para concluir la conversación.
La prisa conduce al pésimo hábito de la “multitarea”, es decir, hacer muchas cosas a la vez: por ejemplo, conducir comiendo, bebiendo, maquillándose, oyendo cintas para aprender inglés, hablando con la oficina por el móvil, etc.

Nuestra relación con el tiempo
El escritor especializado en temas científicos, James Gleick, en su último libro “Faster”, describe cómo ha cambiado nuestra percepción del tiempo. Nuestra vida se ha acelerado en parte gracias a la innovación tecnológica que nos vende la posibilidad de un ahorro considerable de tiempo, en parte por la idea de que el tiempo es oro y no hay que desperdiciarlo. Así, hemos desarrollado nuestra afición a la multitarea. El autor nos recuerda que las exigencias del tiempo son resultado de la creación humana: su definición, análisis, medida y construcción. El tiempo no es algo que uno posea. Sin embargo, desde que hemos definido el tiempo lo hemos transformado en algo mensurable hasta los nanosegundos. Lo percibimos como un activo que se puede comprar, vender, desperdiciar, organizar, atesorar e invertir.

Focalizar la atención
Aunque parezca paradójico, el mejor aprovechamiento del tiempo se produce al focalizar la atención en cada actividad por separado. La percepción del tiempo curiosamente cambia. La única compensación que nos queda cuando somos conscientes de la fugacidad del tiempo es vivirlo intensamente. Adquirir la conciencia de estar viviendo plenamente el momento actual sin ninguna clase de desperdicio. La sensación de urgencia dificulta el procesamiento total de lo que se está experimentando. Solo logramos procesar parcialmente y en paralelo las múltiples actividades, es decir, nos perdemos mucho de lo que está pasando. Sin duda, un procesamiento parcial produce una percepción mucho menos enfocada de lo que nos está sucediendo en la vida. La serenidad nos hace más efectivos.

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