Manual de Sexología

Acoso a los gordos

Adicciones sin sustancia

Adictos al Trabajo

Ansiolíticos y Psicología

Antojos de Comida y Emociones

Ciberinfidelidad

Un navegante abrumado

Cuando querer no es poder

Cuidar a un enfermo grave

Del freno al Desenfreno

Decibelios y Revoluciones

Efectos colaterales del éxito

El amor verdadero

El hambre nerviosa

El miedo al avión

El mundo en el que vivimos

El pánico

El pecho femenino

El Perfeccionista Imperfecto

El sabor agridulce de la venganza

Desinhibición en linea

El sopor

Enfermos de prisa

Inestabilidad

Esclavos del impulso

La atención al presente

Hostilidad Ambiental

La Enfermedad de la Duda

La hipocondría

La intuición

Infortunios de una madrastra

La pareja es cosa de tres

La luz en nuestra Vida

Las emociones

La Comunicación de Masas

Malentendidos en pareja

La obsesión anti-edad

Las familiastras

Nervios a flor de piel

Pasado y olvido

Pecados Capitales

Las feministas del pintalabios

Personalidad y manera de comer

Los hombres no lloran

Solteros Involuntarios

Timideces Extemporáneas

Trastornos del comer

Me gusta cuando callas…

La autoterapia

Mentiras y tecnología

Metrosexualidad

Resistir la adversidad

Atentos a la vida

Narcisismo Mediático

Peter Pan

Al dictado de la moda

Pensar lo impensable

Quemados

Urbanitas Anónimos

Hipocondría por Internet

La trampa de la eficiencia

L'emoció al poder

L'addicte respectable

Ver lo que queremos ver

El patrón de conducta de Tipo A

La explicación del pánico

La exposición del pánico

Conferencia sobre fobias

Conferencia sobre crisis de pánico

Viajeros solitarios

Bulimia nerviosa

Trastorno por atracones

Hostilidad Ambiental
Hostilidad ambiental.

La ciudadana de la comprimida ciudad acababa de llegar de un viaje de ensueño. Una escapada al país de las personas alegres, pacíficas y melodiosas. Brasil, un territorio poblado por una privilegiada argamasa étnica, donde la vida ostenta otra perspectiva, en el que sus habitantes disponen de la saludable capacidad de hallar invariablemente una salida lateral a cualquier obstáculo.
Su aterrizaje la precipitó en una doliente conciencia de realidad, de la cual demoró días en reponerse. Su ciudad se había transfigurado a sus ojos en una deformidad monstruosa repleta de residentes fastidiados, sulfurados, ladradores y mordedores que se le abalanzó sin clemencia.

La ciudad como colectivo.

El primer impacto fue su primera gestión al volver de vacaciones. Se dirigió a una oficina pública con el fin de solicitar una información. Su interlocutora, al ver sus dificultades para comprender el procedimiento burocrático que le detallaba, fue progresivamente alzando la voz como si su imposibilidad de comprender se debiera a un déficit sensorial auditivo, al tiempo que aceleraba el habla con tono perceptiblemente impaciente. La ciudadana, transitoriamente desacostumbrada a ese trato, no se aventuró a volver a preguntar algo que no había comprendido, y salió apresuradamente, abrigando sentimientos revueltos de rabia, temor y estupefacción. Observó por primera vez que el contacto con sus paisanos en ascensores y calles era de mera tolerancia, como se impone en la dinámica de un colectivo. Un colectivo se define como un número de personas que están en el mismo lugar, con una interacción directa y una interdependencia mínimas, como pueden ser los pasajeros de un avión.
Advirtió el empeño de todos por abreviar los encuentros, ahorrarse el contacto visual e instrumentalizar los intercambios de palabras. Sorteando cualquier tipo de comunicación no verbal lograban que la comunicación verbal se hiciera aún menos probable. Los saludos se limitaban a meros murmullos guturales con el fin de eludir un embarazoso silencio.

Un hábitat insalubre.


No son pocos los estudios sobre la salud mental de las grandes ciudades. Se sabe que es un medio productor de enfermedades mentales. ¿Qué ocurre entre nosotros, moradores hacinados, que en lugar de desplegar nuestras conductas pro sociales, altruistas y afiliativas, instintivas en los seres humanos, exhibimos esa hostilidad difusa? Las primeras teorías sobre la agresividad la conectan a la frustración. Además, se advierte que el objeto de la agresión puede desplazarse a objetivos diversos, muchas veces más débiles o con menor capacidad de respuesta. Para el psicólogo social Leonard Berkowitz, cualquier sentimiento negativo puede provocar agresión. Estos sentimientos pueden ser el dolor, el miedo, la irritación y la tristeza. Según él, "somos perversos cuando nos sentimos mal". En las condiciones artificiales de una ciudad superpoblada, con escaso espacio y ausencia de contacto con la naturaleza, edificios para oficinas sin ventanas ni luz natural, sabiamente planeados para evitar distracciones y fomentar el rendimiento, existen sobradamente las condiciones perfectas para "sentirse mal": calor excesivo, frío intenso, lluvia abundante, ruidos perturbadores, hacinamiento, olores desagradables, tráfico pesado y, por consiguiente, habitantes pasivo-agresivos que se soportan mutuamente.

Amortiguar las consecuencias.


Ante tal siniestro panorama, no obstante, los psicólogos ambientales no pierden la esperanza en la condición humana, afirmando que los seres humanos tenemos gran capacidad adaptativa y podemos cambiar nuestro entorno físico-ambiental, así como nuestras percepciones y conductas. Observar a nuestro conciudadano con mirada más empática, ponerse en el lugar del otro, ser conscientes de que todos vivimos la misma situación y finalmente hacer un intento activo de saltar las alambradas que nos separan de los demás y saliendo de nuestra burbuja individualista. Está en nuestras manos. Sonreír mejora la salud mental.

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