Manual de Sexología

Acoso a los gordos

Adicciones sin sustancia

Adictos al Trabajo

Ansiolíticos y Psicología

Antojos de Comida y Emociones

Ciberinfidelidad

Un navegante abrumado

Cuando querer no es poder

Cuidar a un enfermo grave

Del freno al Desenfreno

Decibelios y Revoluciones

Efectos colaterales del éxito

El amor verdadero

El hambre nerviosa

El miedo al avión

El mundo en el que vivimos

El pánico

El pecho femenino

El Perfeccionista Imperfecto

El sabor agridulce de la venganza

Desinhibición en linea

El sopor

Enfermos de prisa

Inestabilidad

Esclavos del impulso

La atención al presente

Hostilidad Ambiental

La Enfermedad de la Duda

La hipocondría

La intuición

Infortunios de una madrastra

La pareja es cosa de tres

La luz en nuestra Vida

Las emociones

La Comunicación de Masas

Malentendidos en pareja

La obsesión anti-edad

Las familiastras

Nervios a flor de piel

Pasado y olvido

Pecados Capitales

Las feministas del pintalabios

Personalidad y manera de comer

Los hombres no lloran

Solteros Involuntarios

Timideces Extemporáneas

Trastornos del comer

Me gusta cuando callas…

La autoterapia

Mentiras y tecnología

Metrosexualidad

Resistir la adversidad

Atentos a la vida

Narcisismo Mediático

Peter Pan

Al dictado de la moda

Pensar lo impensable

Quemados

Urbanitas Anónimos

Hipocondría por Internet

La trampa de la eficiencia

L'emoció al poder

L'addicte respectable

Ver lo que queremos ver

El patrón de conducta de Tipo A

La explicación del pánico

La exposición del pánico

Conferencia sobre fobias

Conferencia sobre crisis de pánico

Viajeros solitarios

Bulimia nerviosa

Trastorno por atracones

Infortunios de una madrastra

Romántica sin remedio, corazón de modistilla para los asuntos del amor, se sentía dispuesta a la entrega sin reservas, ahora que había encontrado el amor de su vida. Su príncipe azul distaba un poco de lo que a su madre le habría gustado. Aunque ya estaba en la mitad de la década de los treinta, este sería su primer matrimonio. Su madre sabía que por la edad, sus oportunidades no estarían exentas de complicaciones. Según ella, le iría bien un hombre un poco mayor que ella, pero mejor que no fuera soltero, los solterones tienen muchas manías, suelen vivir con sus madres y buscan a su sustituta. Lo más apropiado hubiera sido un viudo sin hijos. Pero las cosas no se dieron de esa manera. Ella se cautivó irremisiblemente de un divorciado con hijas adolescentes.
Practicante de un optimismo imbatible, se sentía la Julie Andrews de “Sonrisas y lágrimas” dispersando su amor extendido hacia sus hijastras.
Resuelta a ser dadivosa, gran amiga, comprensiva, liberal, madre suplente en caso de necesidad, compañera del padre en las labores de la crianza, apareció en la vida de las niñas como hada madrina. Siempre cargada de regalos, se preciaba de conocer el gusto de las niñas ya que su edad no era tan lejana a la suya.


La metamorfosis.
Con la oportuna y pertinaz contribución de la ex esposa y madre de las adorables criaturas, se transmutó repentinamente en la madrastra del cuento sin entender los motivos, sorprendida por la actitud crecientemente hostil de los angelitos. Cualquier acto que realizara, aún promovido por la mejor de las intenciones, era criticado y observado con ojos opinantes. Los querubines habían evolucionado en monstruitos. Si trataba de ser encantadora, la causa era la compra del cariño, si hacía alguna observación, la confrontaban diciéndole que no era su madre. Jamás en sus quimeras había contemplado la posibilidad de ser una madrastra de cuento.
Su marido tampoco lograba entender lo que estaba pasando porque, aunque sospechaba cuestiones de celos entre las niñas, la ex y su actual mujer, le costaba tomar partido por nadie. No podía entender que sus niñas mostraran aspectos tan desconocidos e insufribles con su mujer y, por supuesto, no toleraba que ella hiciera comentarios destemplados sobre ellas.
Enfrentarse a una situación no buscada, como es transformarse en madrastra, exige destrezas que muchas veces se tratan de improvisar, pero no sin un costo elevado para la persona y la pareja. Sugerimos algunas actitudes y conductas beneficiosas para allanar el camino.


Las razones de los hijastros.
1. Los niños pueden manifestar su rabia y frustración por la separación de sus padres siendo hostiles con la madrastra.
2. Pueden sentir celos de que la madrastra sea importante para su padre.
3. En el caso de adolescentes que han actuado como apoyo para el padre, estos pueden sentirse desplazados por la madrastra.
4. Puede causar una cierta incomodidad en los adolescentes saber que su padre tiene una vida sexual.
5. Pueden ver en la madrastra el obstáculo para que sus padres se vuelvan a unir.


Estrategias de supervivencia.
1. Definir la función que se espera de la madrastra. Si existen expectativas de que la madrastra ejerza el papel de madre sustituta, esto habría que decidirse entre los dos componentes de la pareja.
2. No aceptar transformarse en el parche que remiende la familia que se rompió. Esta expectativa no puede ser cumplida por la nueva pareja.
3. Estar atento a que los hijastros no manipulen el entorno para crear indisposición en la nueva pareja. En ese caso es bueno hablar claramente del tema entre los dos y aclarar las cosas, para después integrar a los niños.
4. Recordarles que deben respetar a la madrastra aunque no la quieran y que los dos son una pareja unida.
5. Es deseable que el padre hable con sus hijos con intimidad y profundidad sobre sus problemas de celos y rabia. Preguntarles sobre lo que están sintiendo, y ayudarlos.
6. No entrar en luchas por el poder con los hijastros.

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