Manual de Sexología

Acoso a los gordos

Adicciones sin sustancia

Adictos al Trabajo

Ansiolíticos y Psicología

Antojos de Comida y Emociones

Ciberinfidelidad

Un navegante abrumado

Cuando querer no es poder

Cuidar a un enfermo grave

Del freno al Desenfreno

Decibelios y Revoluciones

Efectos colaterales del éxito

El amor verdadero

El hambre nerviosa

El miedo al avión

El mundo en el que vivimos

El pánico

El pecho femenino

El Perfeccionista Imperfecto

El sabor agridulce de la venganza

Desinhibición en linea

El sopor

Enfermos de prisa

Inestabilidad

Esclavos del impulso

La atención al presente

Hostilidad Ambiental

La Enfermedad de la Duda

La hipocondría

La intuición

Infortunios de una madrastra

La pareja es cosa de tres

La luz en nuestra Vida

Las emociones

La Comunicación de Masas

Malentendidos en pareja

La obsesión anti-edad

Las familiastras

Nervios a flor de piel

Pasado y olvido

Pecados Capitales

Las feministas del pintalabios

Personalidad y manera de comer

Los hombres no lloran

Solteros Involuntarios

Timideces Extemporáneas

Trastornos del comer

Me gusta cuando callas…

La autoterapia

Mentiras y tecnología

Metrosexualidad

Resistir la adversidad

Atentos a la vida

Narcisismo Mediático

Peter Pan

Al dictado de la moda

Pensar lo impensable

Quemados

Urbanitas Anónimos

Hipocondría por Internet

La trampa de la eficiencia

L'emoció al poder

L'addicte respectable

Ver lo que queremos ver

El patrón de conducta de Tipo A

La explicación del pánico

La exposición del pánico

Conferencia sobre fobias

Conferencia sobre crisis de pánico

Viajeros solitarios

Bulimia nerviosa

Trastorno por atracones

La Comunicación de Masas

Atrapado entre la aversión y la atracción, indeciso entre lo centrípeto y lo centrífugo, el televidente permaneció extático ante la pantalla de la televisión, deglutiendo un programa en directo de género infumable. Un personaje que, supuestamente, debía de ser alguien conocido por sus actividades pélvicas, estaba exhibiendo muy gustosamente su privacidad a cambio de una suma apetecible de euros. Unos periodistas, o así se autodenominaban, le increpaban a gritos simultáneamente. A simple vista se trataba de dirimir y juzgar si el personaje mentía o decía la verdad sobre alguna actividad perversa. Los supuestos periodistas se erigían en jueces encolerizados de la conducta de la persona desnudada.

Temor al contagio.

Por un momento pensó que si seguía consumiendo pasivamente lo que vomitaba la pantalla, acabaría hablando solo, monologaría machaconamente, perdería la corrección del lenguaje por imitación, chillaría para que el otro callara y le diera la razón y llegaría a las manos, si fuera el caso, para corroborar sus asertos. Sintió que tenía que protegerse de esa agresión. Si la comunicación de masas se había transformado en eso, se quería desprender de las masas.

Si a eso llamaban comunicación y, si era cierto que eso correspondía al gusto mayoritario de los televidentes españoles, este país no era para él, pensó.

Pero la cosa no acababa ahí, mientras se desarrollaba aquél circo, aparecían en la pantalla unos mensajes escritos a modo de mensajes de móvil en los que las palabras se escribían según sonaban. Nunca antes se había usado tanto la letra “k” en el idioma castellano.

Información valiosa.

El fugaz espectador acababa de llegar a España de una estancia medianamente larga en el extranjero. No sabía quién era el entrevistado ni entendía cuál era la razón de tanto alboroto ni curiosidad. El interpelado mostraba dificultades evidentes para articular un lenguaje presentable. Los entrevistadores no le iban a la zaga: “¿fuistes a Madrid?”

Con el fin de empaparse de la actualidad española, se le ocurrió preguntar a alguien conocido quién era Yola Berrocal. Le contestaron que era la ex del ex de alguien que se suponía que debiera conocer. A pesar de poner todo su empeño se quedó en las mismas. Ni siquiera conocía el “personaje” de origen. Pensó que durante su estancia en el extranjero se había perdido información valiosa.

Con el tiempo fue dándose cuenta de que el espectáculo televisivo continuaba en las calles. El modo de expresarse, los temas de conversación, la escritura del correo electrónico, todos los ámbitos de lo coloquial estaban inspirados por el programa que se había emitido la noche anterior. Nunca se había sentido tan extraño en su propio país. Había perdido el tren de los últimos acontecimientos.

La realidad del “reality show”.

La confluencia de las apetencias de exhibicionistas (los personajes invitados) y “voyeurs” (los espectadores) parece explicar la gran aceptación de los programas televisivos que comentamos. Se le concede al espectador la oportunidad de acercarse al entrevistado proyectándose como madre, hermana, padre o él mismo, sin tener que arriesgar la pérdida de su privacidad, su dignidad y su auto respeto. La desmitificación sistemática de los actores de nuestra mitología nacional produce el efecto de franquear la brecha que separa espectador y personaje. Al ser productos de alto rendimiento y bajo consumo, no es de extrañar que estén destinados a reemplazar los culebrones tradicionales de más alto costo, protagonizados por personajes anónimos. Las leyes del mercado son implacables.

2006 Isabel S. Larraburu - Joan Güell,220 Barcelona Tlf. (34) 93.430.70.09 Movil (34) 686.71.13.14 larraburu@compumedicina.com