Manual de Sexología

Acoso a los gordos

Adicciones sin sustancia

Adictos al Trabajo

Ansiolíticos y Psicología

Antojos de Comida y Emociones

Ciberinfidelidad

Un navegante abrumado

Cuando querer no es poder

Cuidar a un enfermo grave

Del freno al Desenfreno

Decibelios y Revoluciones

Efectos colaterales del éxito

El amor verdadero

El hambre nerviosa

El miedo al avión

El mundo en el que vivimos

El pánico

El pecho femenino

El Perfeccionista Imperfecto

El sabor agridulce de la venganza

Desinhibición en linea

El sopor

Enfermos de prisa

Inestabilidad

Esclavos del impulso

La atención al presente

Hostilidad Ambiental

La Enfermedad de la Duda

La hipocondría

La intuición

Infortunios de una madrastra

La pareja es cosa de tres

La luz en nuestra Vida

Las emociones

La Comunicación de Masas

Malentendidos en pareja

La obsesión anti-edad

Las familiastras

Nervios a flor de piel

Pasado y olvido

Pecados Capitales

Las feministas del pintalabios

Personalidad y manera de comer

Los hombres no lloran

Solteros Involuntarios

Timideces Extemporáneas

Trastornos del comer

Me gusta cuando callas…

La autoterapia

Mentiras y tecnología

Metrosexualidad

Resistir la adversidad

Atentos a la vida

Narcisismo Mediático

Peter Pan

Al dictado de la moda

Pensar lo impensable

Quemados

Urbanitas Anónimos

Hipocondría por Internet

La trampa de la eficiencia

L'emoció al poder

L'addicte respectable

Ver lo que queremos ver

El patrón de conducta de Tipo A

La explicación del pánico

La exposición del pánico

Conferencia sobre fobias

Conferencia sobre crisis de pánico

Viajeros solitarios

Bulimia nerviosa

Trastorno por atracones

Timideces Extemporáneas

Veladamente, retiró la mosca de la vichyssoise y la colocó con recato en el plato inferior. Escrutó disimuladamente a sus compañeros de mesa para saber si lo habían descubierto. También se cercioró de que el camarero no se hubiera percatado. Incomprensiblemente, se notó ruborizado, como si hubiera hecho una travesura.           ¡Cómo podría dejar que alguien advirtiera que él era absolutamente incapaz de llamar al camarero para pedirle que le cambiara el plato porque flotaba un cadáver de mosca en la sopa!  La realidad es que hasta  la habría degustado como tropezón con tal de no llamar la atención.
Después de la comida, se fue a hacer unas compras. Hacía tiempo que necesitaba zapatos. Entró en la tienda, se probó unos cuantos, pero no le gustó ninguno. Su incomodidad se tornó en angustia cuándo tuvo que comunicarle a la dependienta lo que pensaba. Después de una corta reflexión, resolvió el problema y se llevó dos pares. La dependienta, feliz y él por los suelos.
Para olvidar sus sinsabores decidió ir al cine, pero se  encontró una larga cola. Él, que se precia de ser un ciudadano cívico, aguardó resignadamente alrededor de media hora y cuando ya le tocaba comprar la entrada, otro ciudadano que  se preciaba, a su vez, de rápido y ganador, se interpuso y pidió sus entradas, a lo que la taquillera, ajena, accedió. Rojo de ira contenida, el ciudadano cívico explosionó para sus adentros, pero como siempre, sin alharacas ni sonoridad.
Siempre tenía que salir perdiendo en la vida. Todo el mundo se salía con la suya, pensó.

Contrariarse a sí mismo.

El temor a no corresponder a las expectativas de los demás, a sufrir las consecuencias sociales de salirse con la suya, a aguantar los “morros” de la pareja, a dejar de ser el más popular y querido del grupo, a pasar por el “malo de la película”, a hacer el ridículo, a ser considerado maniático, difícil, complicado, a sentirse rechazado o juzgado. Todas estas razones explican que una persona no sea capaz de decir un no, de decir bien claro lo que quiere y lo que no quiere, de pedir lo que necesita y de negarse a favores inadecuados. Esta es una de las peores agresiones que uno puede hacerse a sí mismo. Puede llegar a originar una depresión.

Estilo pasivo o estilo directo.

La buena comunicación se caracteriza por la expresión abierta y directa de los sentimientos  de ambas personas. Saber revelar lo que se siente y piensa y al mismo tiempo escuchar y entender lo que la otra persona piensa y siente.
Sin embargo, no siempre la comunicación entre las personas cumple esos requerimientos teóricos. De hecho con frecuencia se utiliza un estilo pasivo de expresión.
El estilo pasivo consiste en no decir nada que pueda ofender. Las necesidades se expresan indirectamente, haciendo las cosas de mala gana o fallando en los compromisos. Detrás de una gran dulzura y bondad, muy valorada socialmente, subyace una grave insatisfacción de las propias necesidades y un sentimiento de impotencia. Los otros nunca saben lo que desea  la persona. Solo pueden recurrir a la conjetura con todos los malentendidos que comporta.  
El estilo directo permite expresar sentimientos, pensamientos y deseos, y defender los propios derechos y límites, sin violar los derechos de los demás.

Aprender a fijar límites.
Antes de decir que sí, pensar la respuesta y posponerla.
No disculparse en exceso por anteponer las propias necesidades y deseos.
Ser consciente del lenguaje corporal. Mirar a los ojos, no bajar la voz, hablar con tono seguro.
Pensar de antemano lo que se va a decir y, si es posible, ensayar en voz alta.
Expresar concretamente lo que se quiere y lo que no se quiere hacer.
No caer en sentimientos de culpa. No intentar compensar a la otra persona por haberle “contrariado”.
No dejar nunca de pensar que se es una persona con derechos.

 

 

2006 Isabel S. Larraburu - Joan Güell,220 Barcelona Tlf. (34) 93.430.70.09 Movil (34) 686.71.13.14 larraburu@compumedicina.com