Manual de Sexología

Acoso a los gordos

Adicciones sin sustancia

Adictos al Trabajo

Ansiolíticos y Psicología

Antojos de Comida y Emociones

Ciberinfidelidad

Un navegante abrumado

Cuando querer no es poder

Cuidar a un enfermo grave

Del freno al Desenfreno

Decibelios y Revoluciones

Efectos colaterales del éxito

El amor verdadero

El hambre nerviosa

El miedo al avión

El mundo en el que vivimos

El pánico

El pecho femenino

El Perfeccionista Imperfecto

El sabor agridulce de la venganza

Desinhibición en linea

El sopor

Enfermos de prisa

Inestabilidad

Esclavos del impulso

La atención al presente

Hostilidad Ambiental

La Enfermedad de la Duda

La hipocondría

La intuición

Infortunios de una madrastra

La pareja es cosa de tres

La luz en nuestra Vida

Las emociones

La Comunicación de Masas

Malentendidos en pareja

La obsesión anti-edad

Las familiastras

Nervios a flor de piel

Pasado y olvido

Pecados Capitales

Las feministas del pintalabios

Personalidad y manera de comer

Los hombres no lloran

Solteros Involuntarios

Timideces Extemporáneas

Trastornos del comer

Me gusta cuando callas…

La autoterapia

Mentiras y tecnología

Metrosexualidad

Resistir la adversidad

Atentos a la vida

Narcisismo Mediático

Peter Pan

Al dictado de la moda

Pensar lo impensable

Quemados

Urbanitas Anónimos

Hipocondría por Internet

La trampa de la eficiencia

L'emoció al poder

L'addicte respectable

Ver lo que queremos ver

El patrón de conducta de Tipo A

La explicación del pánico

La exposición del pánico

Conferencia sobre fobias

Conferencia sobre crisis de pánico

Viajeros solitarios

Bulimia nerviosa

Trastorno por atracones

Metrosexualidad

Lo hombres no lloran. El macho.

Erase una vez un hombre que se sentía muy hombre. Para él, la cualidad de ser muy hombre no era algo que tuviera que desarrollarse. Le salía natural y no le deparaba contradicciones ni mala conciencia. Estaba previsto desde antes de nacer. Sabía bien que ser un hombre era ser fuerte, protector y proveedor, con habilidad para ganarse la vida, para mandar, para pensar, para decidir. Con ciertas obligaciones, eso sí, como no dejarse vencer por las contrariedades, no llorar ante los demás, no hablar de problemas íntimos, no expresar sus sentimientos si no quería sufrir las consecuencias de dejar de ser considerado muy hombre. Al mismo tiempo disfrutaba del privilegio de no tener que usar desodorante, ni lavarse los dientes, de poder mostrar sin rubor su hirsutismo en la espalda peluda, de ser feo y ser gordo, porque “el hombre, como el oso, cuánto más feo más hermoso”. Tampoco tenía que recoger su ropa sucia, ni ordenar la casa en la que vivía. Podía asimismo mostrar sus”arranques”mientras los que estaban a su lado trataban de no “provocarlo” para que no se enfadara. Cuando golpeaba la mesa con autoridad, su ascendencia se incrementaba y le reverenciaban aún más. Su sexualidad era sólo suya. La idea era que pudiera satisfacerla y que su mujer estuviera siempre dispuesta a tenerlo contento si no quería que se buscara a otra. Hasta aquí nada nuevo.

Los hombres sí lloran. El metrosexual.

Pero dos generaciones más tarde, apareció el nuevo hombre. El metrosexual. Tal nombre se originó para denominar a aquél hombre que tenía que adaptarse a la nueva mujer que ya hacía cierto tiempo que pululaba por la sociedad, observando y sufriendo la decadencia del “paleohombre”. El hombre antiguo.
El término metrosexual proviene de la ocurrencia del periodista británico Mark Simpson que lo utilizó por primera vez en un artículo publicado en 1994 en el diario “The Independent”. El título del artículo era: “Aquí llega el hombre del espejo”. El significado de metrosexual es el siguiente: “Un “dandy” narcisista enamorado no sólo de sí mismo, sino también del estilo de vida urbano; un hombre heterosexual que está en contacto con su lado femenino.” El metrosexual necesita estar en contacto con la metrópolis (de ahí viene la raíz de la palabra), ya que en ella están las mejores tiendas, peluquerías, gimnasios y clubes. El jugador de fútbol Beckham es considerado el prototipo del metrosexual.
La nueva mujer ya había surgido con el reforzamiento de los movimientos feministas en los años setenta. Ella no se avergonzaba de ser fuerte, de decidir, de mostrar su lado masculino, de triunfar por sí misma, sin tener que estar detrás de un hombre. Sabía lo que quería. Quería a un hombre pero no a cualquier hombre.
Pero la mujer post feminista, su hija, no está exenta de contradicciones. Aún padece los vestigios de su programación cultural que la martillea sobre lo que significa ser una mujer de verdad y un hombre de verdad. Su confusión en los conceptos la llevó a superar las incoherencias con el deseo de tenerlo todo. No hay que olvidar que ella tiene ahora la facultad de exigir y decidir. Pero su fantasía es muy difícil de complacer para cualquier hombre: desea que él tenga lo mejor de su abuelo, el paleohombre y lo mejor del hombre nuevo, el metrosexual.
De ahí surgen las ansiedades del metrosexual. No puede ofrecer todo lo que se le exige. Entonces, el hombre nuevo entró en crisis. ¿Y cómo se reveló su crisis? Evidentemente en su órgano más sensible. El metrosexual se hizo psicológicamente impotente. Es decir: no podía tener erecciones siempre que quería.

El metrosexual en la cama de una post feminista.

Es importante saber que un hombre que conoce el “yang” tanto como el “yin” es una persona sexualmente sensible. Así que la mujer que convive con este hombre de la nueva era, debería saber desprenderse de los mitos sobre la sexualidad masculina. Estos se han ido manteniendo porque los hombres por tradición no han hablado demasiado entre ellos sobre sus sentimientos y experiencias sexuales de una manera honesta y abierta. Tampoco han querido admitir su falta de conocimiento y experiencia sobre el tema.
Afortunadamente, en la actualidad van surgiendo movimientos que aspiran  a redefinir el concepto de hombre. Sus cualidades amables, tiernas y su condición vulnerable empiezan a ser valoradas. Están logrando hablar de su sexualidad de un modo más abierto, lo cual está beneficiando tanto a ellos como a sus compañeras.
El terapeuta sexual recientemente fallecido Bernie Zilbergeld escribió sobre la nueva sexualidad masculina en su libro “The New Male sexuality”, de obligada lectura.
Es evidente que para que se consolide el hombre nuevo, la mujer tendrá que cuestionar algunos viejos mitos sobre la sexualidad masculina.

 

Mitos sobre la sexualidad masculina.

Los hombres son seres liberados que se sienten muy confiados en relación al sexo.
A los hombres no les interesa hablar de la comunicación y los sentimientos.
Ellos creen que todas las caricias deben conducir al sexo.
Los hombres siempre están listos para el sexo.
El hombre siempre debe “cumplir”.
Ellos creen que el sexo se reduce al pene y lo que se hace con él.
Piensan que el sexo es equivalente al coito.
Es siempre responsabilidad del hombre que su compañera disfrute.
El sexo de calidad siempre tiene que terminar en orgasmo.
El hombre sabe conducirse y no tiene que aprender de su compañera.
Los hombres tienen que llevar la iniciativa.
El hombre de verdad no tiene problemas sexuales.
El intercambio sexual se termina cuando el hombre llega al orgasmo.
Los hombres que tienen una relación no se masturban.

La mujer debería pensar.

El hombre puede no tener ganas de hacer el amor.
También puede tener “jaqueca” de vez en cuando.
Le encanta que su compañera tome la iniciativa y saber que provoca deseo.
Le gusta saber que su compañera disfruta con él.
Se excita con una mujer que, por su parte, tiene aspectos de personalidad masculinos.
Le encanta que ella lo busque.
Sus emociones también influyen en su disponibilidad para el sexo.
Su sexualidad no se ciñe a la zona pélvica.
Se puede disfrutar con el sexo sin tener una erección.

Lo que debería evitar.

Pensar que porque él no tome la iniciativa, esto significa que esté gorda o poco atractiva.
Pensar que “el hombre tiene que buscarla” para tener relaciones.
Esperar que su hombre no llore.
Disimular su parte masculina por si “pierde atractivo.”
Pensar que si su compañero muestra su parte débil, esto va a significar que no la puede cuidar y proteger y que ella tendrá que ser la “fuerte”.

 

2006 Isabel S. Larraburu - Joan Güell,220 Barcelona Tlf. (34) 93.430.70.09 Movil (34) 686.71.13.14 larraburu@compumedicina.com