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¿Por qué te enfadas? La ira es un sutil veneno que se oculta como tímida damisela en el interior de nuestro corazón. Es vergonzosa porque no está orgullosa de sí misma. Sabe que no es valorada en la sociedad y que la encuentran fea, incluso muy fea. Pero ella se hace pasar a veces por el brillo de la ironía inteligente, por el peso de la autoridad, por la dulzura de la hipocresía, por la rectitud de un hombre severo, por el amor protector de un celoso, por la justicia de un rencoroso o por el humor de un bromista mordaz. Con esos disfraces hasta puede cosechar fugazmente alguna ración de aplauso y admiración. Mientras pueda camuflarse con tantos disfraces, se asegura vida y sustento. Su acción es tan solapada que puede introducirse en todos los ambientes de nuestra mano sin que nadie se dé cuenta, incluido el mismo que la cobija. Suele mostrar a veces su bífida lengua cuando menos se la espera derribando de un “lengüetazo” a muchos a la vez. Es un arma un poco chapucera, porque cuando dispara carece de sutileza para dar en su diana. A veces se desparrama incontrolada, cargada de misiles Tomahawk para destrozar a una humilde lagartija. Del pitufo gruñón al violento maltratador, pasando por el susceptible. El simpático gruñón es una persona rabiosa, tanto como el quejoso, el resentido, el riguroso, el irónico, el susceptible, el eterno agraviado, el irritado, el agresivo, el rencoroso o el violento. La rabia se revela mediante formas desde las más aceptables hasta las más inconfesables. También hay rabia en el pasivo agresivo, alguien que jamás exterioriza su ira de un modo abierto, pero se muestra intolerante y negativo. Es el que espera lo peor de los demás, como si el otro fuera su enemigo; que siempre hace presunción de culpabilidad. El que alberga rabia suele creerse víctima del mal comportamiento de los demás, de su desidia, mala voluntad, picardía, deshonestidad, vagancia, incompetencia, poca pericia al volante, y muchos más pecados. De ahí que siempre tenga sus armas empuñadas. La receta de la ira. Según la psicología cognitiva (“Venza su ira” McKay y Rogers, Robin Book), la ira tiene su origen en el estrés más pensamientos activadores. La buena noticia es que puede desactivarse con un aprendizaje adecuado. Ser plenamente conscientes de lo que se está sintiendo y pensando es la clave para la desactivación de la emoción. Todo nace del estrés y la tensión causados por el dolor, la frustración o la idea de amenaza. Esta vivencia de estrés se intensifica mediante ideas que potencian la ira. Son los pensamientos activadores de culpabilización y “deberías”. Por ejemplo, “los empleados no deberían ir a desayunar si hay gente esperando en la cola”. Otro activador es la culpabilización: “no hacen su trabajo con ilusión” o “son unos incompetentes”. Si el estrés es el combustible que crea niveles altos de excitación fisiológica, las ideas culpabilizadoras y los “deberías” actúan como la chispa que enciende el fuego. El estrés no es una causa suficiente para la ira, hace falta una “adecuada contribución psicológica” para convertir el estrés en una emoción hostil. Hace falta, igualmente, pensar que las otras personas son malas, injustas, incompetentes y merecedoras de castigo. Asumir la responsabilidad de la propia ira. Cuando se asume la responsabilidad de las propias emociones, entre ellas, la ira, es mucho más practicable modificar cualquier situación. Todos somos capaces y libres de elegir si vamos a reaccionar de manera airada o con cualquier otra estrategia. Pero para eso es importante reconocer que el responsable de la ira es uno mismo y dejar de culpar a los demás. Estas son las razones por las que es conveniente e importante ser responsable de la propia ira:
La idea de la responsabilidad de la propia ira es importante, ya que sigue siendo frecuente oír a los agresores afirmar que han sido provocados por el agredido. Mientras se piense que la ira es causada por los “provocadores”, no hay posibilidad de superar los comportamientos agresivos. Suposiciones que alimentan la ira. Los “deberías”. El juicio sobre las conductas de los demás se basa en una serie de reglas éticas propias que intentamos trasladar a nuestros semejantes. Solemos pensar que las reglas que hemos incorporado a nuestra vida son aplicables a los que nos rodean. Hacemos presunciones de culpabilidad y nos percibimos como víctimas de la situación. Nuestras presunciones y creencias son, en realidad, las verdaderas causantes de la rabia, no solamente las acciones de otros. Pensamos continuamente en como “deberían” o “no deberían” comportarse. Si ellos se conducen tal como pensamos que debe hacerse, entonces todo va bien, pero si no, nos lanzamos a juzgar que sus actos son incorrectos, poco inteligentes, poco razonables o inmorales. Olvidamos que en la mayoría de los casos, los demás no están de acuerdo con nuestros valores y reglas. Ellos tienen sus propias necesidades y reglas. Es absurdo aplicar nuestros “deberías” al proceder de los demás. Estos “deberías” se asientan en unos principios morales que adoptamos que se confunden con la verdad pero no son verdaderos. Estos principios son llamados falacias, término proveniente de la lógica formal: Falacia de tener derecho. La creencia es la siguiente: como yo quiero muchísimo algo, debo tenerlo. La idea básica es que el grado de la necesidad justifica la exigencia de que alguien la tenga que satisfacer. Se da por sentado que existen ciertas cosas a las que uno tiene derecho. Por ejemplo estar sexualmente satisfecho, o sentirse emocionalmente seguro o disfrutar de un cierto nivel de vida. También a descansar siempre que se está cansado, o a no estar nunca solo, que su abajo sea valorado o que sus necesidades sean conocidas sin que les pregunten. La falacia de la justicia. En este caso la idea es que existe un estándar absoluto de comportamiento correcto y justo que las personas deberían conocer y poner en práctica. La convicción de que las relaciones deben ser justas reduce el dar y recibir de la amistad o de la pareja a una serie de registros que se llevan en secreto. Los libros de contabilidad estipulan si estamos en deuda o si nos deben, si recibimos tanto como damos, o si nos adeudan demasiado por todos los sacrificios que hemos hecho. La dificultad es que no se suele estar de acuerdo en lo que se considera justo. La medida de lo que es justo es subjetiva y depende de las expectativas, es decir, de lo que se espera, necesita o desea de la otra persona. La justicia puede ser definida de un modo muy autocomplaciente. Para la psicología cognitiva, una vez se descarta la idea de justicia es posible negociar como iguales cuyos intereses están en conflicto. La falacia de cambio La idea en este caso es que nos figuramos que tenemos control sobre la conducta de otros. Si bien es cierto que a veces las persona cambian si se les pide, en este caso la creencia es que podemos hacer cambiar a los otros si aplicamos la presión suficiente.
La queja constante y las presiones de todo tipo (broncas, chantajes, enfados y morros) inducen una aversión al cambio. Promueven una mayor reticencia a modificar las conductas. Esperar que el otro cambie lleva a la frustración y a la desilusión, es una batalla perdida. A no ser que el otro vea las ventajas de un cambio y alguna gratificación por realizarlo. La falacia de liberar la ira La creencia en este caso es que pensamos que los que nos causan dolor deberían ser castigados. Suponemos que expresar la ira es algo positivo porque ayuda a descargar el dolor y nos da la oportunidad de una revancha ante la injusticia.
Una enfermedad mental poco estudiada caracterizada por episodios de arranques de ira potencialmente violentos como los observados en la furia al volante y el abuso del cónyuge es más común de lo que se pensaba antes. De hecho, la enfermedad, conocida como trastorno explosivo intermitente (TEI), podría afectar hasta al 7.3% de los adultos estadounidenses, es decir hasta a 16 millones de personas, durante sus vidas. Los hallazgos del estudio, patrocinado por el National Institute of Mental Health, se publican en la revista “Archives of General Psychiatry”. Creencias tóxicas de un airado.
El monje budista vietnamita Thich Nhat Hanh dedica una parte de sus enseñanzas a la aplicación de la conciencia para la superación de la ira y la violencia. Estas son sus palabras:
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