Isabel Larraburu

¿Es impulso o adicción? PDF Imprimir E-mail


Marido y mujer se lanzan agrias acusaciones de adicción al ordenador y a la tele uno al otro en el fragor de las discusiones. A su vez, los dos se exasperan cuando el pequeño se niega a separarse de la “play” hasta para hacer sus necesidades. Para empeorar las cosas, el futuro augura más de lo mismo y otras cosas, si cabe.

Los últimos adelantos tecnológicos amenazan con perversas misceláneas de móvil, Internet, tele, videojuegos y cámara fotográfica, integrando varios tipos de actividades potencialmente adictivas en un mismo juguete. Como ejercicio de fantasía, la pesadilla podría encarnarse en unos personajes multicompulsivos errando a nuestro alrededor.

Serán, probablemente, individuos amorosamente adheridos a su mascotita que les acompañará a los lugares más insospechados. Probablemente parecerán autistas que no mirarán dónde pisan, no entrecruzarán la mirada con nadie de la calle, se irritarán frustrados cuando los interrumpan, alternarán de la manera más breve posible con tal de reemprender sin dilación la actividad suspendida y poseerán una exquisita habilidad para realizar varias tareas superficiales a la vez a base de piloto automático. ¡¡Horripilante!!  

El interés por las nuevas adicciones ha llegado a tal extremo, que el presidente Bush, ex petrolero por su parte, haciendo gala de una agudeza clínica nunca antes sospechada, llegó a acusar a sus compatriotas de ser “adictos al petróleo”. No se sabe bien si el síndrome se ha extendido o si asistimos a una eclosión de adicciones nuevas.


Cuando una actividad placentera se transforma en necesidad.

A pesar de las diferentes opiniones entre los estudiosos del tema, existe una creciente ola de trabajos científicos que se está centrando en las conductas y actividades que pueden llegar a ser compulsivas y luego adictivas. Los científicos no han llegado aún a un acuerdo sobre la distinción entre compulsiones y adicciones. Podría decirse que la compulsión difiere de la adicción en que ésta última presenta una inevitable escalada. Se observa una progresión en la intensidad de la necesidad: el hábito, la compulsión y la adicción.
Para simplificar las cosas, vamos a utilizar el término adicciones comportamentales aunque éstas no posean aún su rincón propio en el Manual Diagnóstico Estadístico de los Trastornos Mentales,

 

Algunos teóricos dividen las adicciones en dos tipos:

  • Adicciones a sustancias como el alcohol, tabaco, cannabis, cocaína y demás.
  • Adicciones a experiencias, también llamadas adicciones a procesos o comportamentales, como comer, sexo, juego, trabajo, comprar, ejercicio, Internet, móvil y muchas más.

El poder de la recompensa.

Es conocido por todos y a través de la propia experiencia directa, que una conducta que produce bienestar tiende a reproducirse. Esto es cierto en nosotros, seres evolucionados y en nuestro perrito Luca. Todos somos idénticos ante el placer: hacemos lo que sea para que volver a sentirlo.
Por eso muchas conductas habituales de nuestra vida diaria son susceptibles de pasar de hábitos a compulsiones. A fuerza de repetirlas, el cerebro, por vía de la recompensa, aprende rápidamente el repertorio de acciones que nos llevan a la consecución del placer. Por otra parte, la química cerebral se va modificando porque las conductas que producen gratificación contribuyen a la producción de una sustancia de la química neuronal: un neurotransmisor estimulante llamado dopamina. Esta sustancia es la misma que se segrega cuando se está bajo los efectos de una droga, como la cocaína.
Cuando el cerebro se habitúa a las altas concentraciones de dopamina, puede empezar a notar su carencia. Por eso se va creando la necesidad de repetir una conducta. Dicha actividad adquiere, de este modo, la propiedad de lograr que una persona se sienta bien. Cuando el hábito ya se ha tornado adicción, el afectado solo desea repetir la conducta para no sentirse mal. Al final, las conductas se vuelven automáticas, activadas por las emociones, sin control intelectual para decidir correctamente. La persona compulsiva se rige por el placer inmediato y no sopesa las consecuencias negativas a largo plazo.
Se dan entonces dos mecanismos en secuencia en la formación de una adicción:

  • La búsqueda del bienestar (la gratificación inicial).
  • La reducción del malestar (la evitación del síndrome de abstinencia).

 

Constance Holden, veterana colaboradora de la revista Science, redactó un interesante artículo sobre las adicciones comportamentales, preguntándose si éstas realmente existen. Con eso daba a conocer las discrepancias entre los expertos.
Citando al Dr. Howard Shaffer, jefe de la División de Adicciones en Harvard, dice que está cada vez más claro que existe una neuroadaptación (cambios en el circuito neuronal responsable de la persistencia de la conducta) que ocurre también en ausencia de una droga. Continúa afirmando que la adicción aparece, cuando un hábito “secuestra” los circuitos neuronales relacionados con la recompensa, incentivando la conducta. Esto puede suceder tanto con las drogas como con las actividades placenteras “naturales”. El problema principal en las adicciones no parece que sea tanto la droga en sí, sino la permanencia de una conducta auto destructiva a pesar de sus consecuencias perjudiciales.

Del hábito a la adicción.

Los hábitos son acciones movidas por las preferencias, los gustos y los pequeños placeres que nos permitimos porque podemos. Si queremos cambiar un hábito solo hace falta proponérselo. Cuando el hábito  evoluciona hacia la adicción, tenemos la sensación de que “tendríamos que dejarlo” pero no podemos. Sabemos que es negativo para nosotros y nuestro entorno, pero estamos atrapados.
Las conductas compulsivas o adictivas pueden servir para reducir la tensión a corto plazo. Son repetitivas y se realizan de una forma ritual. Estas conductas pueden estar relacionadas con el sexo, la comida, el juego, las compras, la TV, Internet, limpiar, lavar, hablar o enviar mensajes por el móvil, videojuegos y más. Suelen ser conductas excesivas, movidas por una necesidad interna urgente, perentoria, y muy focalizada.
El catedrático de Psicología Clínica de la Universidad del País Vasco, Enrique Echeburúa, en su último libro, “Adicciones sin drogas” afirma que existe una “delgada línea roja que separa la afición de la adicción que es la pérdida de control”. Echeburúa entiende que existen personas más proclives a adquirir estas adicciones psicosociales: son personas más impulsivas, buscadoras de emociones fuertes y con autoestima deficiente. Además, si estas personas se encuentran en entornos favorables, con gente con las mismas tendencias, la vía hacia la adicción se hace más previsible.

Recuadro

El proceso hacia la dependencia.

  • La conducta que se realiza es placentera y provoca bienestar.
  • Aumentan los pensamientos relacionados con la actividad en momentos en los que ésta no se está realizando.
  • La actividad se hace cada vez más frecuente, al tiempo que se pierde el interés por otros tipos de acciones que antes sí eran gratificantes.
  • Se observa una estrategia de negación de la importancia o del interés que se siente por la actividad.
  • Se experimenta un deseo intenso (periódicamente) de realizar la actividad y se anticipa el placer que se sentirá cuando se pueda llevar a cabo.
  • La conducta se mantiene a pesar de las consecuencias negativas que conlleva. La persona se justifica e intenta convencer a los demás.
  • A medida que los efectos adversos aumentan, puede aparecer cierta conciencia del problema y la persona intenta infructuosamente controlar la situación.
  • La actividad  se realiza sobre todo para reducir el malestar.
  • Aumenta la intolerancia a las pequeñas frustraciones y la irritabilidad. Disminuye la capacidad de reacción al estrés y la conducta adictiva se transforma el la única forma de afrontarlo.
  • La conducta adictiva se agrava y conduce a la familia o al afectado a someterse a un tratamiento.

 

El juego patológico. Similar a la adicción química.

La ludopatía es la actividad más similar a las adicciones químicas.
El psiquiatra Marc Potenza de la Universidad de Yale, utilizando imágenes de resonancia magnética funcional, halló que cuando los adictos al juego son expuestos a vídeos con otras personas jugando o hablando del juego, muestran actividad en la misma zona cerebral que los adictos a la cocaína cuando observan imágenes que despiertan su ansia de consumo.
La ludopatía afecta a entre un 1% y un 3% de la población española. El jugador patológico desatiende otros aspectos de su vida, suele mentir y se desconcentra en el trabajo. Su mente siempre está pendiente del juego, de recuperar el dinero perdido y de cuándo podrá volver a jugar. Las consecuencias negativas del juego patológico pueden afectar el ámbito familiar y laboral y tener repercusiones legales y económicas. Más del 30% de las ludopatías se inician en la infancia y en la adolescencia.
La Asociación alicantina de Afectados por la Ludopatía Vida Libre  informa en sus datos que el uso inadecuado de las nuevas tecnologías como los videojuegos, Internet y el móvil, anteceden la ludopatía en un 34% de los casos. Las máquinas tragaperras lideran los índices de jugadores compulsivos con el 87% de los casos.

Sexo compulsivo.
Puede decirse que el sexo es adictivo cuando muestra las características típicas de una adicción: La persona se obsesiona con una práctica concreta que puede ser incluso de riesgo para su salud, nunca se siente satisfecha, utiliza la actividad para alterar su estado de ánimo, no puede controlar su impulso y su vida se ve seriamente perturbada por la actividad. Las consecuencias adversas son minimizadas, disfrazadas o negadas.

Comprar compulsivamente.
Las compras compulsivas conducen a adquirir enormes deudas y a acumular objetos inútiles que no se van a utilizar. Los atracones de comprar, inicialmente pueden llenar un vacío emocional, elevar la autoestima y producir una excitación momentánea. Las compras compulsivas pueden precipitar sentimientos de depresión, vergüenza, ansiedad y culpa. Las consecuencias negativas comprenden  problemas familiares y económicos graves. Un impulso asociado a esta actividad es la cleptomanía, la misma necesidad de consumir, pero sin pasar por caja.

Navegar por Internet
No puede decirse que la navegación por Internet sea una adicción en sí misma. Es cierto que existen personas que descuidan el resto de su vida por estar delante del monitor. Pero lo más probable es que estas personas estén utilizando la tecnología para facilitarle la actividad a la que está “enganchado”, como por ejemplo, el trabajo, las compras , el juego, la bolsa, la pornografía, el cibersexo, los chats, el Messenger, las relaciones y demás.

Ejercicio.
Esta adicción es de las más aceptadas en la sociedad. Se sienten superiores a los demás. Son adictos de élite. Adictos saludables. Siguen haciendo ejercicio a pesar de estar con la gripe, suben la montaña a pesar de la niebla, Juegan a fútbol a pesar de la fractura de rodilla a medio recuperar… Esta adicción consiste en la dependencia a las propias endorfinas y encefalinas. Sustancias que el propio cerebro produce. Cuánto más se tiene, más se necesita. La abstinencia puede ser muy desagradable, tanto como cualquier “mono”. Esta dependencia lleva a arriesgarse, ignorar el consejo médico, y el propio sentido común.

Distinguir una rutina de una adicción.

Las conductas compulsivas comienzan siendo voluntarias y terminan transformándose en automáticas. Al principio la experiencia es positiva, pero a medida que la frecuencia y la intensidad aumentan, el beneficio a corto plazo se desvanece y aparecen las consecuencias adversas. El proceso se materializa gradualmente sin que la persona se dé cuenta.
Del mismo modo que en los adictos al alcohol o a las drogas, estos adictos niegan su problema inventándose excusas como “solo lo hago cuando estoy muy estresado” o racionalizaciones como “mejor ser adicta a las compras que a la coca”. También suelen culpar a otros de las consecuencias de sus actos.
El psicólogo Alan Marlatt, director del Centro para la Investigación de las Conductas Adictivas de la Universidad de Washington aconseja a estos adictos que no se desanimen porque los hábitos compulsivos se pueden cambiar, si no al primer intento, sí al segundo, tercero o cuarto. Los que los superan son aquellos que aprenden de cada recaída, es decir, entienden cómo gestionar mejor su estado de ánimo, evitan los desencadenantes y cultivan otros métodos más saludables para relajarse.

Recuadro.
Test rápido para detectar si una actividad puede ser adictiva.

  • ¿Cuándo realiza la actividad se siente mejor?
  • ¿Suele realizarla cuando está estresado, ansioso, triste, deprimido o sufriendo soledad?
  • ¿El tiempo que le dedica está incrementándose, o tiene necesidad de realizarla cada vez con más frecuencia o durante más tiempo para obtener las mismas sensaciones de placer y satisfacción?
  • ¿Sigue en la labor aún cuando tendría que estar haciendo otra cosa, o está abandonando el trabajo, la familia y los amigos para seguir haciéndola?
  • ¿Ha intentado dejarla, pero no ha podido, o deja de hacer la actividad solamente durante cortos períodos para volver a ella después de un tiempo de “abstinencia”?
  • ¿Trata de disimular la actividad, las consecuencias que le trae o los niveles de uso a los que llega ante la pareja, familia o amigos?

Si se ha contestado “si” a estas preguntas, la actividad a la que se dedica puede ser más dañina que  beneficiosa y podría ser una conducta adictiva.

 

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    Mi amigo era un psiquiatra “ high achiever”, aquél que siempre se ponía el listón más alto para poder disfrutar superándolo. Obsesivo y perfeccionista, condiciones que hasta la fecha le habían hecho actuar bastante correctamente y controlar todas las situaciones de modo exhaustivo. Por supuesto tenía un super CV , las mejores notas, y todos los triunfos académicos y profesionales esperables para alguien de su edad.