Isabel Larraburu

Síndrome del "yo-yo". Del freno al desenfreno. PDF Imprimir E-mail

 

La noche es testigo de su desasosiego. La repetición de las jugadas del día pasado y la prospectiva del día siguiente compiten en su cabeza, despertando todo un repertorio de emociones variadas. La inquietud se aquieta cuando las sigilosas pisadas noctívagas dan con la nevera. Ahí empieza “la grande bouffe”, el ágape pantagruélico. El mismo se repugna al verse comer. Eso no es comer, es engullir. No podría imaginarse comiendo de esa manera frente a otra persona.

Todo empezó con la idea de quitarse algunas redondeces. Había que cuidar la imagen, como dicen, uno no puede relajarse porque en todos los ámbitos de la vida se requiere una cierta presencia.
Empezó con prohibirse todo lo dulce, siguió con la pasta y el pan y dejó de comer frituras. Su fuerza de voluntad era encomiable, su autodisciplina era objeto de congratulación general en la mesa cuando después de comer un diminuto bistec acompañado de una ensaladita frugal, declinaba repetir con cara de asco porque ya no podía más. Todos le decían que se le había “encogido” el estómago.

El día en que pasó para el otro lado.
Las sospechas de que algo no iba bien empezaron el día en que se dio un pequeño permiso para comer algo de lo que se había privado.
Había decidido darse un pequeño premio, ya que había adelgazado cinco kilos en 15 días. Se compró un buen queso manchego de los de bodega, añejo, y empezó poco a poco. No había pasado ni media hora y el queso manchego ya era historia. No tuvo ni un amago de sensación de saciedad, era un barril sin fondo. Lo que sintió después de ese episodio iba de la rabia a la culpa, pasando por la depresión severa.

De cómo lo prohibido pasa a ser lo codiciado.
Los psicólogos investigadores Hermann y Polivy estudiaron el fenómeno. Según sus conclusiones, la mejor manera de comer es la de los animales. Si comiéramos como ellos, solo lo haríamos al tener hambre y dejaríamos la comida al estar saciados.
Obedeceríamos nuestra biología. Si se come menos de lo que se necesita durante un tiempo prolongado, se avanza hacia una creciente obsesión por lo prohibido derivando hacia mayores probabilidades de que se pueda desarrollar un ansia anormal de comer. Esto puede desatar una capacidad interminable de comer sin parar. Y, lo más interesante, los alimentos suelen ser aquellos que están proscritos en la dieta.

Del blanco al negro y del negro al blanco.
Esta es la clásica manera de boicotear la dieta. Ya comí lo que no debía, ahora que más da. Uno de los hechos que suelen precipitar el libertinaje alimentario es precisamente probar algo que no estaba permitido. Es entonces cuando el afectado pasa para el otro lado, sin límites, llegando a no reconocerse a sí mismo por la manera febril y desbordada de comer. El remordimiento es tan intenso, que al día siguiente se propone volver al carril de la privación, reactivando el ciclo freno/ desenfreno.
Esto, a su vez se refleja en una gráfica de peso semejante a la de la bolsa de valores.

Aprender a saciarse con poco.
Comer con cubiertos de postre, morder en diez pedazos el bombón, triturar en mil pedazos la comida antes de tragar, soltar los cubiertos para masticar, interrumpir la comida unas cuantas veces, ralentizar al máximo el tiempo en que se come, comer de todo en pequeñas cantidades, no eliminar demasiadas cosas de la dieta. Estas son algunas pequeñas astucias que recomendamos para aprender a sentirse satisfecho con poco. Reeducar la sensación de saciedad.

 

 

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    Mi amigo era un psiquiatra “ high achiever”, aquél que siempre se ponía el listón más alto para poder disfrutar superándolo. Obsesivo y perfeccionista, condiciones que hasta la fecha le habían hecho actuar bastante correctamente y controlar todas las situaciones de modo exhaustivo. Por supuesto tenía un super CV , las mejores notas, y todos los triunfos académicos y profesionales esperables para alguien de su edad.