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Cómo cambiar la suerte. Magazine de La Vanguardia. 3 de abril de 2011 |
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Un camino atento a la felicidad. "Mindfulness". |
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El oculto deseo de vengarse. |
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Tres amigas están reunidas degustando un “bourbon” acompañado de selectas exquisiteces con total despreocupación por el efecto potencial sobre sus figuras, pero el motivo lo justifica. Están pasando los momentos más placenteros y gratificantes de los últimos tiempos. Sobre todo una de ellas. Están protagonizando una tempestad de ideas. Un flujo exuberante de ideas perversas, sin censura, un festín de fantasías descabelladas que las transportan al nirvana, la felicidad total derivada de la sensación de poseer un poder infinito.
El motivo de tal satisfacción es la planificación de una venganza atroz, anónima, impune y definitiva contra un elemento innombrable y repugnante que casualmente era el marido de una de ellas. El reptil fue descubierto por la traicionada yaciendo en el propio tálamo conyugal con una compañera de trabajo. La escena podría recordar el club de las primeras esposas.
Los ensueños no están sujetos a las normas de la moral, son la manifestación más espontánea y libre de la mente humana. Nada está prohibido ni nada es deshonesto. ¿Por qué no abandonarse a las quimeras de la venganza y disfrutar de las mieles del poder imaginario?
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La intuición. La mirada profunda. |
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¿Esta es la vida que quieres? |
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Magazine La Vanguardia
Con su bolsa de deporte colgada al hombro, el botellín de agua en una mano y el móvil en la otra, asoma agitada al encuentro con su amiga para tomar café. Ha sido un milagro encontrar el momento para verse, ya que por una cosa u otra y, sobre todo porque no existía un objetivo concreto, la cita se había aplazado durante meses. Con evidente apuro intenta mantener la atención en la charla. Pero su atención esquiva la traiciona y su mirada se posa en todo menos en los ojos de su amiga. Le advierte de antemano que no se le puede hacer tarde porque...y le relata la agenda del día. Mientras tratan de hilar un tema, el móvil suena en sus diversas modalidades. Sostiene que está harta de él, que no para de sonar. No obstante, ni lo apaga ni se pierde ningún sonido que de él provenga. La conversación versa sobre temas profesionales; la vida personal no cuenta, no es el momento. Ella es un modelo de robotito de última generación. Ansía ser una “ganadora” y, seguramente lo será en lo que para ella significa ganar. Su vida social se nutre de algunos amigos internautas que chatean regularmente hacia las diez de la noche. Una vez relatada su última relación sentimental en la esfera de lo virtual, se despide de su amiga sin olvidar repetir el orden del día y se dirige hacia la moto.
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Magazine La Vanguardia El presente. Con esmerado primor solía limpiar y abrillantar las hojas cansadas de su estimado ficus. Pensaba que su dedicación amorosa podría alargarles por un poco más de tiempo la lozanía. Insensible a la necesidad de las hojas caducas de perecer y caer de una vez por todas para cumplir con su siguiente labor de abonar el arbolito, intentaba preservar artificialmente su impermanente existencia. Así actuaba su mente: repasaba sin descanso un álbum imaginario de fotos de color sepia reanimándolas a base de la obstinación del recuerdo. |
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Magazine La Vanguardia
Llega a la consulta derrotado, indefenso. El peso de la vida en sus hombros, incapaz de sacudírselo; grabado el pasado en su cerebro y su corazón como un tatuaje indeleble.
Su anterior psicólogo le había hecho ver que sus desgracias eran la resultante de carencias afectivas y vitales derivadas de su infancia. Ya está: su madre no lo había hecho bien. Se había equivocado mucho.
En cierto modo se sintió aliviado, él no era el responsable de tanta disfunción, solo había sido una víctima de las circunstancias. Debería hacérselo saber a su madre sin más dilación, no fuera que el tiempo se lo hiciera imposible después. El psicólogo le había asegurado que así sus probabilidades de mejoría serían mayores y a la vez aceleraría su curación. La señora, a sus 75 años, recibió acongojada la catarsis filial, supuestamente terapéutica. Ahora ya eran dos los seres angustiados que acudían a la consulta: su madre y él. La anciana se preguntaba: “¿y lo mío, también es culpa de mi madre?”
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