Isabel Larraburu

Perdonar, un regalo para uno mismo. PDF Imprimir E-mail
Con el fin de organizar una de esas cenas nostálgicas que promueven antiguos alumnos, la  animosa organizadora del evento tuvo que contactar a cada uno para confirmar su asistencia. Al hablar con una persona que no veía desde hacía 30 años, ésta le dio a conocer que aún estaba dolida por algo que le había hecho el colectivo en cuestión y, con tono desangelado le comunicó que no pensaba acudir. La voluntaria aún se pregunta consternada: “¿Los agravios nunca prescriben?”. Los beneficios del perdón han sido desvelados por la ciencia muy recientemente, aunque las organizaciones religiosas ya los habían pregonado a lo largo de la historia de la humanidad. Las ventajas del perdón, ahora validadas por el mundo científico, incluyen la reducción del dolor crónico, de los trastornos cardiovasculares, de la conducta violenta, el incremento de la esperanza, y el alivio de los niveles de depresión y ansiedad. Las personas que no perdonan sufren de niveles elevados de presión arterial y frecuencia cardiaca así como otros problemas de salud. Las reacciones típicas del “no–perdonar”, como la culpa, la rabia, y la hostilidad se han asociado con enfermedades cardiovasculares y muertes prematuras.
Perdonar no es olvidar

Unos de los estudiosos del perdón en el ámbito de la psicología, Robert Enright, define el perdón como la modificación de los pensamientos, sentimientos y conductas negativas en relación a un ofensor. Los sentimientos y el juicio negativo se reducen, no porque el ofensor no sea merecedor de ellos, sino porque la víctima ha decidido libremente considerar al ofensor con compasión, benevolencia y amor.

Ser capaz de perdonar es un regalo para uno mismo. No solo beneficia a la persona perdonada sino también a la que perdona. Al no perdonar, la persona dañada está encadenada a la persona que le hizo el daño y, mientras no la perdone, no podrá sustraerse al poder que tienen el ofensor y la ofensa sobre ella. El no poder perdonar provoca un estado de flujo de emociones negativas que obstruye el camino de la energía hacia proyectos más constructivos. Este concepto es muy importante para los supervivientes de abusos. Freedman y Enright trabajaron con el perdón en víctimas de incesto. A pesar de la naturaleza terrible de los actos que soportaron, los que lograron perdonar a sus abusadores experimentaron menores niveles de ansiedad y depresión y más sentimientos de esperanza.

El perdón permite que la experiencia vivida adquiera un nuevo significado para las personas implicadas. Algunas veces, el daño, una vez perdonado, puede servir para contribuir al crecimiento de una relación.

El perdón no tiene porqué hacer desaparecer inmediatamente el dolor asociado a la ofensa. Se cree comúnmente que las personas a las que aún les duele la ofensa no han perdonado de verdad. Esto no es cierto. Una cosa es el dolor y otra son los sentimientos de rencor y venganza.

Algunas personas no perdonan porque sienten que sería un acto de debilidad. Es importante considerar que algunas de las cualidades necesarias para perdonar son la humildad, empatía, valentía, integridad, sinceridad, honestidad, espiritualidad, sentido comunitario, amor, bondad, gratitud y otras cualidades igual de importantes. Todas ellas, atributos de las personas fuertes, no de las débiles.

 

Contraatacar con el perdón.

Cuando el Dalai Lama recibió el premio Nobel de la Paz en 1989, el presidente del Comité, Egil Aarvik, admitió a los periodistas que la no-violencia no había logrado la independencia del Tíbet en las pasadas 3 décadas. Creía, no obstante, que no existía otra solución honorable: “Sin duda, se puede decir que el enfoque de la no-violencia es poco realista, pero si miran al mundo de ahora, ¿cuál sería la solución al conflicto? ¿La violencia y el poder militar? No. El camino de la paz sí es realista. Por eso el Dalai Lama fue elegido. Porque es el mejor portavoz de esta filosofía basada en la paz.” Unos años después, podemos comprobar como la venganza y “los castigos” al enemigo no han aportado la paz a las relaciones entre nosotros sino todo lo contrario.

En el centro de esta filosofía de la paz del Dalai Lama, radica su habilidad para cultivar el perdón. Su explicación es la siguiente: “Si desarrollo sentimientos negativos hacia aquellos que me hacen sufrir, esto solo destruirá mi paz mental. Pero si perdono, mi mente vuelve a estar en calma. En cuanto a nuestra lucha por la autonomía, si lo hacemos sin ira, sin odio, pero con verdadero perdón, podremos ser más efectivos en la lucha. Luchar con calma y compasión… A través de una meditación analítica, estoy ahora profundamente convencido de que la emoción destructiva del odio, es completamente inútil.” Además, deja claro que el perdón no implica olvidar lo que ha pasado: “Para reducir el odio y otras emociones destructivas, hay que desarrollar sus opuestos: la compasión y la bondad. Si de verdad se siente gran respeto y compasión por los demás, el perdón es mucho más fácil de alcanzar. Librarse del odio y de la ira puede ser difícil porque son estados emocionales que no siempre son voluntarios. Pero existen dos estrategias que pueden ayudarnos. Entender aquello que no incluye el perdón: El acto de perdonar no implica aceptar que la conducta se repita y el perdón no debería depender de que el otro pida disculpas. Conviene olvidar la idea de que no se perdona hasta que el otro no pida perdón.”

 

El proceso de perdonar

Al ser la investigación sobre los efectos del perdón una disciplina relativamente nueva en ciencia, no existen aún modelos rigurosamente contrastados. No obstante, han surgido algunos conceptos que los psicólogos han detectado como elementos que están presentes en el proceso de perdonar.

Se ha observado que se suceden tres etapas cuando alguien decide perdonar (Gordon & Baucom, 1999): En primer lugar, una percepción de la ofensa y del ofensor más empática y ecuánime, en segundo lugar, una reducción de sentimientos negativos hacia el agraviante a medida que aumenta la empatía, y en tercer lugar, una tendencia del ofendido a desistir de su derecho a castigar al culpable.

Aún así, se da el caso muy frecuente de que el culpable se niega a ofrecer sus disculpas o a mostrarse responsable del daño. Es importante en estos casos, ser muy consciente de que el verdadero acto de perdonar se produce con independencia de que el culpable se excuse.

Para la filosofía budista, cuando una persona ha sido víctima de un daño, tiene que saber que perdonar le permite aligerar su carga de dolor. Y que esto no significa necesariamente exonerar al culpable. La carga pertenece a aquél que causó el dolor, no a la víctima. Si esta la acarrea durante demasiado tiempo, la carga pasa a ser de la propia víctima, así que ésta se victimiza a sí misma.

 

El proceso del perdón

Buscar el perdón de otros

  • Encararse a menudo con las propias acciones y motivos.
  • Preguntarse: “¿He sido yo?” Ser el primero en confesar y pedir disculpas, y si hace falta, reconciliarse y restaurar la relación.
  • Abrirse y compartir sentimientos con otros miembros de la familia o personas significativas.
  • Evitar pedir excusas sin realmente aceptar la responsabilidad (Decir, por ejemplo, “Lo siento, pero tú no tendrías que haber dicho…”)
  • Buscar soluciones en lugar de culpar.

 

Perdonar a los demás

  • Vivir internamente el propio perdón. Todos hemos tenido experiencias en que otros nos han perdonado. Unas veces tenemos que perdonar y otras pedir perdón. Nadie está libre de equivocarse o hacer daño sin querer.
  • Recordar que todas las personas tienen un valor personal; ser consciente de que, perdonando al otro, se le está ayudando a entender el sentido del perdón y se le está liberando.
  • Tratar de superar la rabia con todas las fuerzas: sentimientos o racionalidad (por ejemplo, utilizando meditación, psicoterapia, oración o apoyo afectivo)
  • Desarrollar empatía o comprensión emocional por la situación del agraviante (por ejemplo, ¿tiene padres o hijos?, ¿cuáles eran las circunstancias que vivía cuando hizo el daño?)
  • Evitar revivir y volver a contar innecesariamente lo ocurrido; detenerse en ello solo refuerza los sentimientos de rencor y dolor y consolida el daño en la memoria.
  • Tener en cuenta que perdonar raramente implica pérdida de la memoria del hecho, sino más bien permite liberarse de la preocupación por la ofensa; no permitir que la ofensa se apodere de los pensamientos, emociones y conductas.

 

Perdón, reconciliación y justicia (Michelle L. Devon, 2007)

  • El perdón no es un regalo para el culpable, sino algo que se elabora en el interior de uno mismo. El otro no tiene porqué saberlo. Decírselo o no al culpable es un acto voluntario, pero no es necesario para sanar el dolor del daño que otra persona ha hecho.
  • El perdón no significa reconciliación. Tampoco implica permitir que una acción que nos ha hecho daño siga ocurriendo. No hay que creer que la persona culpable merece saber que se le ha perdonado. Muchas veces no merece la reconciliación. Algunas veces el daño es tan grande que no se puede confiar más en esa persona. Aunque no sea posible la reconciliación el perdón sí lo es.
  • El perdón no ocurre automáticamente, pero el ofensor no tiene necesariamente que pedir perdón para que le perdonemos. Ni siquiera admitir que necesita nuestro perdón.
  • El perdón es una decisión. La decisión de dejar ir el dolor.
  • Perdonar no significa permitir que la persona continúe haciendo daño ni que se le permita seguir actuando de igual modo.
  • Para que ocurra una reconciliación, es necesario que el agraviante pida perdón y se proponga no volver a hacer daño otra vez. El perdón no necesita al culpable en absoluto.
  • Se puede perdonar a los que ya no viven, pero no reconciliarse con ellos. Se puede perdonar a quién nos hizo daño y abusó de nosotros, pero sin dejarlo entrar en nuestra vida para que vuelva a hacerlo.
  • El perdón es una liberación de la carga de dolor que llevamos dentro.
  • El perdón apaga la necesidad de venganza; ésta impide la sanación. Si ejecutamos una venganza, estaremos necesitando perdonarnos a nosotros mismos o pedir perdón al otro.
  • Para perdonar hay que desistir del deseo de venganza, pero no renunciar al derecho a la justicia.
  • La venganza es el deseo de que el culpable sufra lo mismo que uno ha sufrido por sus actos.
  • La justicia, a su vez, implica que el culpable pague una pena justa por lo que ha hecho. Tiene la obligación moral y, a veces legal, de corregir el daño que ha hecho. La justicia debería ser recta, la venganza nunca es justa. La víctima tiene derecho a buscar justicia, pero no el derecho moral de buscar venganza. La venganza daña a la misma persona que la ejecuta aunque no se dé cuenta de ello. La Justicia es una reparación moral.

 

Isabel S. Larraburu

Psicóloga clínica

www.isabel-larraburu.com

 

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    Mi amigo era un psiquiatra “ high achiever”, aquél que siempre se ponía el listón más alto para poder disfrutar superándolo. Obsesivo y perfeccionista, condiciones que hasta la fecha le habían hecho actuar bastante correctamente y controlar todas las situaciones de modo exhaustivo. Por supuesto tenía un super CV , las mejores notas, y todos los triunfos académicos y profesionales esperables para alguien de su edad.