| Desconfianza |
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El Dr. Daniel Freeman y la profesora Philippa Garety del Instituto de Psiquiatría en el King’s College de Londres hallaron en su estudio de 2006 que una persona de entre tres en la población general tiene miedos y sospechas paranoicas. La frecuencia de paranoia es mucho más elevada de lo que se creía anteriormente.
Se estima que es una experiencia común que ocurre regularmente a un 10-15% de la población. Esto viene a equiparar en cantidad los pensamientos paranoides a los de contenido depresivo o ansioso. Los pensamientos de tema persecutorio más frecuentes en la población son los siguientes: “necesito cuidarme de los demás”, “los extraños me observan como si me examinaran” “la gente me critica por detrás” “se están riendo de mí” “me quieren provocar” “me quieren hacer enfadar” y otros.“Entras como elefante en una cacharrería. No tienes ni gota de sensibilidad. Podrías mostrar cierto arrepentimiento”, dice el ofendido a su “presunto” ofensor. Este último ha olvidado momentáneamente que el ofendido es como una figurita de cristal y se despacha en sus comentarios y opiniones sin tener en cuenta que el herido tiene la piel de un bebé. Seguramente muchos de los lectores apoyarían la tesis del “hipersensible” mientras otros tantos, en la misma medida, apoyarían al brusco. Difícil es decir quién lleva razón, pero en opinión de los psicólogos, el que se ofende fácilmente debería hacer un trabajo personal de ecuanimidad, empatía y perdón. El ejercicio, muy elemental, consistiría en preguntarse si el otro tuvo o no mala intención. En el caso de que la intención fuera manifiestamente perversa, habría que considerarlo culpable y solucionar el conflicto basándose en hechos fehacientes. Pero en la mayoría de los casos esto no sucede así. Dejando aparte los aspectos legales del tema, que también los hay, ¿vale la pena pelear, enfadarse y guardar rencor si no hay mala intención? Es sabido que uno de los pasatiempos favoritos de estas personas es perseguir al culpable con demandas judiciales constantes. La verdad de los hechos nos dice que la mayoría de las veces hacemos daño sin querer y nos lo hacen a nosotros de la misma forma. Si nos perdonamos a nosotros mismos por eso, ¿por qué no perdonar a los demás y pasar al problema siguiente?
La personalidad susceptible. La suspicacia, el pensar mal, la susceptibilidad, la desconfianza, la negación de la presunción de inocencia, todo esto indica poca fe en el género humano. Detrás de eso subyace la idea de que tenemos que defendernos de nuestros congéneres. Porque si no, nos pueden dañar. Claro que cualquiera diría que hay que cuidarse por los tiempos que corren y demás argumentos. Pero detrás de esa defensa no es extraño que se esconda un ego temeroso y de frágil salud que intenta hacerse valer ante todo lo que percibe como ataque a su integridad. Pero ir con las uñas desplegadas de entrada solo sirve para darle a entender al prójimo que se espera lo peor de él. Y claro, este mensaje sienta mal. Además, muchas veces las profecías se auto cumplen. Por eso el susceptible no es un personaje simpático y cuesta bastante tener una relación espontánea con él. Algunos podrían decir que la susceptibilidad es el aspecto realista de la paranoia. Pero la palabra paranoia, aunque ahora es ampliamente utilizada por el vulgo, tiene una resonancia de enfermedad mental delirante en su sentido estricto. Para hacerla más digerible, se le ha dado un apelativo alternativo más liviano a la vista de su gran presencia en la población: “desconfianza infundada”. Nadie de los que están leyendo estaría dispuesto a calificarse como paranoico, aunque sí podría admitir ser depresivo, obsesivo o ansioso. Con toda seguridad la mayoría de los lectores creerán que no tienen nada que ver con lo que describe este artículo. Pero veremos que investigaciones recientes provenientes del Reino Unido han hallado que estas ideas son frecuentes en un tercio de la población general. Algún comentarista en la prensa inglesa comenta irónicamente que aunque su corazón se compadece del tercio de la población supuestamente paranoide, no puede dejar de pensar en los otros dos tercios que seguramente lo son tanto que ni siquiera se han dado cuenta. La personalidad del susceptible se podría enmarcar en lo que se llama trastorno paranoide de la personalidad. No es una enfermedad en sí misma, pero marca una tendencia a ver el mundo de un modo desconfiado y temeroso.
Ayuda para pareja, amigos, compañeros y familiares. La manera de pensar del susceptible/paranoide provoca sufrimiento al que la padece pero, sobre todo, puede destruir amistades y afectos. Este tipo de persona puede llegar a ser descalificada en su entorno, ya que no es saludable para las relaciones ver a los demás como potenciales agentes de engaño y mentira. Muestra una tendencia a basar sus relaciones en la sospecha de que la acabarán traicionando, o tramarán algo contra ella o la defraudarán, incluyendo las personas más cercanas. La parte positiva es que estas personas suelen ser perspicaces y darse cuenta de aspectos que pasan inadvertidos a los demás y son más prudentes ante los negocios arriesgados. Pero la parte desafortunada para el que padece este trastorno es que su vida puede transformarse en un infierno tanto para él como para sus allegados a causa de las sospechas de engaños, infidelidades, traiciones y su continua falta de confianza. Por esta razón no es frecuente que vayan a pedir ayuda a un psicólogo, sino que son más bien sus familiares cercanos los que necesitan ayuda profesional.
¿Confiar o desconfiar? Los datos que nos indican la frecuencia de los pensamientos paranoicos hacen pensar que al fin y al cabo a lo mejor no son tan inapropiados mientras no se transformen en excesivos. Es cierto que las personas a veces pueden ser potencialmente hostiles y es bueno cuidarse. A veces los amigos traicionan, así como las parejas. Por eso el dilema confiar/no confiar está siempre latente en cualquier interacción social. Todos nos hemos equivocado al confiar alguna vez, pero también al desconfiar. La desconfianza podría ser en ocasiones un proceso psicológico normal de supervivencia. Valoramos e interpretamos nuestras experiencias como buenas o malas. La desconfianza infundada y excesiva surge de la combinación de factores externos y procesos internos. El factor externo puede ser una información social ambigua que llega de manera no verbal, como una expresión facial, una mirada, una risa/sonrisa, o bien de un modo verbal, como un silencio en la conversación, una voz alzada o una interrupción. La interpretación persecutoria está influida por las experiencias previas, el estado emocional, recuerdos, personalidad, el proceso personal de toma de decisiones y estados fisiológicos que predisponen como el consumo de cannabis, cocaína o alcohol. Las sospechas suelen exacerbarse en el contexto de turbulencia emocional, consecuencia de relaciones interpersonales conflictivas, acoso o aislamiento. El trasfondo de esas ideas es la creencia sobre si mismo como débil y vulnerable y la lectura de un mundo malo y amenazador.
Características del susceptible (Estilo paranoide de personalidad).
Dejar de pensar mal
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Mi amigo era un psiquiatra “ high achiever”, aquél que siempre se ponía el listón más alto para poder disfrutar superándolo. Obsesivo y perfeccionista, condiciones que hasta la fecha le habían hecho actuar bastante correctamente y controlar todas las situaciones de modo exhaustivo. Por supuesto tenía un super CV , las mejores notas, y todos los triunfos académicos y profesionales esperables para alguien de su edad.