Isabel Larraburu

El auge de la codicia PDF Imprimir E-mail
El país pensó que era rico. Pero solo logró ser un nuevo rico. Imprudente y tendente a conductas
fantasmales, perdió el norte. Los “todo terreno” invadieron paradójicamente las calles urbanas. Al verlos en la puerta de los colegios privados, cualquiera imaginaba a sus propietarios surcando territorios inexplorados, protegiéndose de animales salvajes en libertad, sorteando terrenos con arenas movedizas, huyendo de maremotos al acecho, atravesando pantanos anegados, en fin todo un mundo de difícil acceso en todos los sentidos.

La codicia era un pecado poco comentado, carente de glamour. Otros pecados como la lujuria o la gula daban más que hablar y lograban escandalizar en mayor medida al personal. La codicia y la ambición eran contempladas con permisividad y era incluso propiciada. Los delitos de guante blanco no eran demasiado delito. Las listas de las personas más ricas del mundo y el elogio a las empresas con crecimiento desproporcionado fomentaron en nuestro sistema capitalista liberal a ultranza, la idea de “tonto el último”. Pero llegó un día en que la codicia cambió de matiz y ganó mala fama de manera súbita e inesperada, desde el momento en que la crisis fue admitida en voz alta, a la vuelta de las vacaciones de verano. El pecado había sido castigado de forma dura y brusca. Cuando la palabra codicia se unió a la palabra crisis, surgieron voces escandalizadas que nos recordaron fuera de tiempo que la codicia era el segundo pecado capital y que podía ser mortal.

 

El virus que llegó desde Wall Street

El economista chileno Marcel Claude en un artículo del 6 de octubre de 2008 denominado “Crisis del Capitalismo: Hacia el fin de la era neoliberal” nos cuenta de modo muy gráfico y entendible la relación de la codicia con la crisis financiera actual: “Si a la codicia, como valor supremo de la humanidad capitalista le añadimos las características actuales del mercado financiero, podremos comprender mejor las causas de las crisis actual: ¿Para qué ganar 100 si puedes ganar 500? ¿Para qué producir leche si se pueden comprar instrumentos financieros que rinden mucho más y con más celeridad? El primer problema es que los instrumentos financieros no se comen y los tomates sí, las acciones en bolsa no contienen los nutrientes que los niños del mundo necesitan; el segundo problema es que cuando se invierte el dinero en acciones o instrumentos financieros, se deja de invertir en la producción de leche o de trigo. Todo se transforma en un juego, en un simulacro de riqueza. Resultado: menos actividad económica, menos empleo, menos leche y más hambre, más desempleo y más pobreza. Algunos especialistas afirman que hoy la economía capitalista en su conjunto no es más que un enorme casino, en donde los ricos del mundo van a jugarse el ahorro y la riqueza del planeta. Se ha buscado una mayor rentabilidad a través de la especulación financiera y menos en la producción real (alimentos). Como dato curioso y francamente insultante, según el economista: para combatir la hambruna de más de 800 millones de personas, las naciones del mundo recolectaron 16 mil millones de dólares, pero para resolver la crisis financiera de Wall Street el gobierno estadounidense asignó 700 mil millones de dólares, además del dinero de otros países del mundo desarrollado para continuar el absurdo desenfreno de Wall Street.”

 

Tipos de consumidor

  1. Los integrados: El hombre/masa, fácilmente influenciable. Segmento de alta sensibilidad hacia el consumo.
  2. Los émulos: Aquellos que todo lo imitan. Entre ellos se cuenta un grupo muy susceptible: los adolescentes.
  3. Los émulos realizados: Quienes están en su primera juventud, empezando a tener capacidad de compra gracias a su trabajo. Grupo que todavía arrastra las necesidades de autoafirmación heredadas de la adolescencia.
  4. Los realizados socio-conscientes: Individuos guiados por sus propias motivaciones. Están advertidos y recelosos de todo estímulo publicitario que pretenda tratarlos como hombre masa.
  5. Los orientados por la necesidad: Aquellos con escaso poder de compra, sin necesidades psicológicas, que adquieren sólo aquellos productos básicos que les permiten sobrevivir.

 

De consumidor socio-consciente a consumidor orientado por la necesidad

En el Standford Research Institute de California se diseñó una clasificación por segmentos de la sociedad estadounidense para clasificar el estilo de consumo de varios sectores de la población. El proyecto se llamó Values and Lifestyles (Valores y estilos de vida) y se conoció con las siglas VALS. Esto facilitó la tarea de la industria publicitaria para elaborar mensajes adecuados a cada grupo.

Los integrados, según los autores norteamericanos, son una clase socioeconómica que se va sintiendo desplazada; es la típica seguidora del American Way Of Life (estilo de vida típicamente norteamericano). Es una gran consumidora que se deja guiar por las modas y el instinto de imitación.

Podríamos localizar el origen de la idiosincrasia de los integrados en la inseguridad material que dejó la crisis económica mundial del 29, que hizo quebrar empresas y sumió en el desempleo y pobreza a muchas familias norteamericanas. Posiblemente el norteamericano típico haya canalizado esos temores hacia el crecimiento material, como medio para protegerse de un futuro incierto.

Los países que han alcanzado una relativa bonanza que permite empezar a disfrutar de comodidades, propician el surgimiento de la clase tipificada como "integrados". El perfil de este segmento se caracteriza por su tendencia a la búsqueda de comodidades y al consumismo impulsivo, no razonado. Esta clase sociocultural conoce las carencias y sobrevalora la abundancia. Vive la fascinación por el bienestar, pero sin motivaciones de orden espiritual. Orientan su conducta por medio de estereotipos grupalmente valorados. Son fanáticos de las modas. Son el prototipo del hombre masa. Gustan de parecerse a los demás. Tienen un alto sentido de actuación orientados por el instinto gregario.

 

Los émulos son muy importantes numéricamente y muy susceptibles de ser persuadidos. Sus grandes necesidades psicológicas les hacen blanco de las estrategias de la psico-venta, o sea, la publicidad orientada crear necesidades psicológicas de consumo.

Los émulos realizados se mueven más en el ámbito de la afirmación social como un modo de situarse laboral, profesional y socialmente. Son los clásicos “yuppies”, que van observando lo que tienen los demás para adelantarse un paso: tener el automóvil más novedoso, mudarse a un barrio elegante, frecuentar los restaurantes más cotizados, en fin, una vida estereotipada puesta al servicio del gran objetivo: llegar a la cima, entre el selecto grupo de los que disfrutan del éxito.

 

Los orientados por la necesidad son quienes luchan por mantenerse en el nivel de calidad de vida básico, sin capacidad de ahorro y con un limitado poder de compra. Quien vive con necesidades apremiantes no tiene condiciones para preocuparse por banalidades. Los países con problemas económicos, generalmente tienen una población que cabría dentro de la categoría "orientados por la necesidad".

Los realizados socio-conscientes representan la tendencia de una sociedad madura, reflexiva, que orienta sus decisiones de compra en relación con la funcionalidad y la calidad en estrecha vinculación con su poder de compra.

El realizado socio-consciente compra para satisfacción propia pero no está determinado por las tendencias sociales.

Compra lo que le satisface y no lo que es socialmente valorado. Sus necesidades psicológicas son mínimas, pues es un individuo más seguro, que sabe lo que quiere para sí y su familia. Rehuye todo lo que represente una mínima posibilidad de ser manipulado. Suele ser una persona politizada, con conciencia social y criterios propios, que exige que los productos y servicios que compra valgan lo que ha pagado.

El realizado socio-consciente es la antítesis del integrado. Es un estrato social de patrones de conducta heterogéneos. Gusta de restaurantes originales, con ambiente auténtico; no paga por marcas, si es que la marca no respalda la calidad del producto o servicio.

El individuo de este segmento generalmente tiene estudios y cultura. En su adolescencia y juventud le tocó vivir la ilusión de los cambios sociales y políticos de los años sesenta y setenta.

Es la generación que en la actualidad, a mediados de los noventa, detenta el liderazgo económico, empresarial, político y cultural.

El realizado socio-consciente es producto de la sociedad de la abundancia. Representa la conciencia crítica de la sociedad de consumo. El sujeto trasciende lo relativo a su persona y se interesa y responsabiliza por su entorno y la sociedad en general. Conceptos como democracia, derechos humanos, ecología, justicia, para él adquieren prioridad.

El perfil del realizado socio-consciente representa la tendencia sociocultural a la que se dirige el consumidor de las sociedades altamente desarrolladas. Este segmento de población es más habitual conforme un país experimenta el tránsito hacia la bonanza. La economía (que define la capacidad de compra) y la cultura (que rige los estilos de vida) aquí se interrelacionan de modo contundente.

Mientras una sociedad económicamente poderosa pero sin cultura, deriva en una sociedad de integrados, un país de sólidas bases culturales deriva en una sociedad de realizados socio-conscientes. Cuando los países de amplia cultura sufren reveses económicos, el sector de realizados socio-conscientes se vuelve un grupo frustrado, que genera graves problemas sociopolíticos. El realizado socio-consciente se caracteriza por su actitud crítica.

 

Bases de un consumo ético

  • Nuestra identidad no depende de lo que tenemos. El consumo compulsivo nos hace creer que lo que tenemos nos identifica.
  • La medida del éxito no viene dada por lo que consumimos, por nuestra capacidad de consumo.
  • La calidad de vida no depende de la cantidad de bienes que podemos adquirir. Los niveles de felicidad de los países así lo confirman.
  • La autenticidad de vida está más ligada a la integración personal, al tiempo personal disponible, a la salud, a la amistad, a la familia y a otros placeres nada costosos. El consumo compulsivo nos liga a la lógica del exceso de trabajo, a la carga de tensión, a la falta de calma para la convivencia, a la hipoteca del presente.
  • El consumo depende de nuestro dominio personal sobre nuestras adquisiciones y está ligado a nuestras necesidades. El consumo compulsivo depende de la moda, los reclamos publicitarios y es irracional.
  • La austeridad es un estilo de relación con las cosas que las valora por su uso, las cuida, no abusa. El consumo compulsivo es un estilo de relación descuidado con las cosas, de despilfarro, abuso, saturación y mal uso.
  • El cambio de un estilo de vida consumista a un estilo de vida de consumo ético aporta mayor conciencia y solidaridad y hace posible la reducción de la brecha entre nosotros y los países menos desarrollados.
  • La sencillez de vida está al alcance de todo el planeta. El consumo compulsivo es una ofensa ética.
  • El consumo responsable va unido a nuestro tiempo interior, a reconciliarnos con nuestro cuerpo, a desarrollar nuestra capacidad para contemplar. El consumo compulsivo promueve un concepto de felicidad que nos expropia de nuestra humanidad.
  • Cambiar nuestro estilo de consumo es más eficaz para humanizarnos y humanizar nuestro mundo.

 

Optimismo ante la crisis.

Para el sociólogo Dídac Sánchez-Costa, miembro del Campus per la Pau de la Universitat Oberta de Catalunya, “esta crisis puede representar la posibilidad de llevar a cabo cambios profundos no sólo en el mundo financiero y hacia prácticas productivas más sostenibles, sino también en nuestras actitudes personales. La fuerza del neoliberalismo en las últimas décadas ha introducido en nuestra personalidad pautas de relación de escasa calidad humana. Entre ellas la falta de confianza interpersonal, que es precisamente la misma carencia que acusan hoy a un nivel más amplio los bancos entre ellos, y que constituye el núcleo de la gravedad de la actual crisis. También existe un gran desequilibrio entre competitividad y cooperación, habiendo desaparecido muchos de los espacios de colaboración entre los ciudadanos, a lo que sin embargo responden nuevos movimientos sociales con propuestas de trabajo colaborativo y en red como el software libre y las licencias “creative commons”. La crisis tal vez sea, como apuntó el presidente francés, Nicolas Sarkozy, la verdadera entrada al siglo XXI; si es así, esta puede servir para plantear cambios en los hábitos de consumo, generar relaciones interpersonales más íntegras y llevar a cabo un desarrollo material más sostenible. Tomando mayor conciencia de nuestro acto de consumir, que es el voto que el consumidor concede a las empresas, y haciendo prevalecer los valores éticos y comunitarios -en un sentido local y global-, ante lo privado. Prácticas simples y cotidianas como el reciclaje, la compra de productos ecológicos y de comercio justo, criterios más elevados de sostenibilidad social y ambiental o la reconstitución de los lazos comunitarios pueden ser cambios positivos tras la crisis, así como frenar un poco nuestras desenfrenadas carreras para pararnos a pensar hacia dónde corremos tan aprisa.”

Ante la reciente crisis económica mundial nuestro país verá fuertemente incrementado el segmento de consumidores orientado por la necesidad, una nueva pobreza. Esperemos que este hecho vaya acompañado de una expansión de la conciencia y un catalizador del crecimiento personal que nos ayude a ver la impermanencia de todas las cosas, entre ellas muchos objetos de consumo. Si esto contribuye a un reequilibrio entre la evolución humana y espiritual y el crecimiento de la economía real de todos los países de la tierra, esta crisis llegará a ser una gran oportunidad.
 

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    Mi amigo era un psiquiatra “ high achiever”, aquél que siempre se ponía el listón más alto para poder disfrutar superándolo. Obsesivo y perfeccionista, condiciones que hasta la fecha le habían hecho actuar bastante correctamente y controlar todas las situaciones de modo exhaustivo. Por supuesto tenía un super CV , las mejores notas, y todos los triunfos académicos y profesionales esperables para alguien de su edad.