Isabel Larraburu

Nuevos ricos y nuevos pobres.. PDF Imprimir E-mail

De la condición de nuevo rico a la nueva pobreza.

El país pensó que era rico. Pero sólo logró ser un nuevo rico. Imprudente y tendente a conductas fantasmales, perdió el norte. Los todoterreno invadieron las calles urbanas. Al verlos en la puerta de los colegios, cualquiera imaginaba a sus propietarios surcando territorios inexplorados, protegiéndose de animales salvajes en libertad,... en fin, todo un mundo de difícil acceso en todos los sentidos.

La codicia era un pecado poco comentado. Otros, como la lujuria o la gula, daban más que hablar y lograban escandalizar en mayor medida. La codicia y la ambición eran contempladas con permisividad, incluso propiciadas. Los delitos de guante blanco no eran tan mal vistos. Las listas de las personas más ricas del mundo y el elogio a las empresas con crecimiento desmesurado fomentaron en el sistema capitalista liberal a ultranza la idea de tonto el último.
Pero llegó un día en que la codicia cambió de matiz y ganó mala fama de manera súbita e inesperada.
Desde el momento en que la crisis económica fue admitida en voz alta, a la vuelta de unas vacaciones de verano. El pecado había sido castigado de forma brusca y dura. Cuando las palabras codicia y crisis se unieron, surgieron voces escandalizadas que recordaron demasiado tarde que era el segundo pecado capital.
Los economistas atribuyen la crisis financiera a la desmesura de la codicia. Las características actuales del mercado financiero han fomentado la alegría especulativa con acciones y otros instrumentos monetarios. De este modo, la actividad económica se transformó en un juego, en un simulacro de riqueza en forma de casino mundial en los que los ricos se jugaban el ahorro y la riqueza del planeta. Con esto se priorizó la especulación en detrimento de la inversión en producción real en forma de alimentos.

 

El "nuevo rico" se vuelve "nuevo pobre".

 

El término "nueva pobreza" engloba aquellos individuos, familias y países empobrecidos que habían sido siempre ricos y que llegaron a creer que su condición sería permanente, para siempre. Se trata de una experiencia traumática, de caída libre, sin paracaídas ni red de seguridad. Forman parte de la "nueva pobreza" todos aquellos que perdieron su trabajo al quebrar la empresa dónde trabajaban, los que han visto recortadas sus jornadas laborales y el autónomo que entra en una espiral de morosidad. Hay que añadir también las familias que se separan cuyo nivel de vida se reduce a niveles nunca antes sospechados y las parejas que ni se pueden separar por verse unidas por el destino a pagar una hipoteca "hasta que la muerte las separe".
Lo que distingue los nuevos pobres de los pobres tradicionales es el efecto sorpresa. La pobreza apareció de improviso en esta opulenta sociedad por efecto de la crisis globalizada. Entre todos sus estragos, esta penuria está llegando a destruir la fe en relaciones que se creían "para toda la vida" e incluso la credibilidad de los programas económicos de los partidos políticos y su capacidad para gobernar.

 

Nuevas actitudes ante el consumo.


Ante una crisis económica como la que vivimos, se incrementa fuertemente el segmento de consumidores orientado por la necesidad. Los consumidores de la nueva pobreza. Este tipo de consumidores son aquellos que luchan por mantenerse en el nivel de calidad de vida básico, sin capacidad de ahorro y con un limitado poder de compra. Viven con necesidades apremiantes y no tienen condiciones para preocuparse por banalidades. Los países con problemas económicos, generalmente tienen una población importante que cabría dentro de la categoría "orientados por la necesidad".
Es de esperar que esta coyuntura traiga consigo una expansión de la conciencia y que llegue a ser un catalizador del crecimiento personal de cada uno en particular. Asimismo sería deseable que se llegara a vislumbrar la impermanencia y caducidad de todas las cosas, entre ellas, muchos objetos de consumo. También lo sería comprender que el consumo compulsivo es el antídoto de la felicidad.

Si todo esto lograra establecer un nuevo equilibrio entre la evolución humana y espiritual y el crecimiento de la economía real de todos los países de la tierra, esta crisis llegará a ser realmente una gran oportunidad.


Bases de un consumo ético.


• Nuestra identidad no depende de lo que tenemos. El consumo compulsivo nos hace creer que lo que tenemos nos identifica.
• La medida del éxito no viene dada por lo que consumimos, por nuestra capacidad de consumo.
• La calidad de vida no depende de la cantidad de bienes que podemos adquirir. Los niveles de felicidad de los países así lo confirman.
• La autenticidad de vida está más ligada a la integración personal, al tiempo personal disponible, a la salud, a la amistad, a la familia y a otros placeres nada costosos. El consumo compulsivo nos liga a la lógica del exceso de trabajo, a la carga de tensión, a la falta de calma para la convivencia, a la hipoteca del presente.
• El consumo depende de nuestro dominio personal sobre nuestras adquisiciones y está ligado a nuestras necesidades. El consumo compulsivo depende de la moda, los reclamos publicitarios y es irracional.
• La austeridad es un estilo de relación con las cosas que las valora por su uso, las cuida, no abusa. El consumo compulsivo es un estilo de relación descuidado con las cosas, de despilfarro, abuso, saturación y mal uso.
• El cambio de un estilo de vida consumista a un estilo de vida de consumo ético aporta mayor conciencia y solidaridad y hace posible la reducción de la brecha entre nosotros y los países menos desarrollados.
• La sencillez de vida está al alcance de todo el planeta. El consumo compulsivo es una ofensa ética.
• El consumo responsable va unido a nuestro tiempo interior, a reconciliarnos con nuestro cuerpo, a desarrollar nuestra capacidad para contemplar. El consumo compulsivo promueve un concepto de felicidad que nos expropia de nuestra humanidad.
• Cambiar nuestro estilo de consumo es más eficaz para humanizarnos y humanizar nuestro mundo.


Isabel S. Larraburu


 





 

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    Mi amigo era un psiquiatra “ high achiever”, aquél que siempre se ponía el listón más alto para poder disfrutar superándolo. Obsesivo y perfeccionista, condiciones que hasta la fecha le habían hecho actuar bastante correctamente y controlar todas las situaciones de modo exhaustivo. Por supuesto tenía un super CV , las mejores notas, y todos los triunfos académicos y profesionales esperables para alguien de su edad.